domingo, 19 de marzo de 2017

Sin trampa ni cartón: Correos y otros cabreos



Sábado, 11 de marzo
¿Y QUE PUEDO HACER YO?

Nada detesto más que hablar de política y a quienes andan por ahí pretendiendo estar siempre en posesión de la verdad. Quienes me conocen lo saben bien. Pero a veces no queda más remedio que hacer aquello que nos desagrada.
            Desde hace algún tiempo, colecciono las diatribas que se publican en los periódicos españoles (de extrema derecha, de derecha, de centro derecha; de izquierdas no, porque ya no hay) contra Artur Mas. Dejo de lado las que tienen que ver con su opción independentista; me limito a las que se refieren a la corrupción.
            Tengo carpetas y carpetas llenas de recortes firmados por los mejores analistas y las firmas de mayor prestigio; todos ellos hablan del tres por y la financiación ilegal de la antigua Convergencia. Yo no entre ni salgo en que si esos hechos --aún no juzgados-- justifican su linchamiento moral y su apartamiento para siempre de la política (ya se ha logrado que no ocupe ningún cargo público). Lo que me llama la atención es que de todo eso de que a él se le acusa se puede acusar también al dirigente de otro partido político que arrastra igualmente desde hace años por los juzgados la financiación ilegal de su partido. Me refiero, naturalmente, a Mariano Rajoy. Hay solo una diferencia: la financiación ilegal del PP ya está probada judicialmente, la de Convergencia todavía no. ¿Soy yo el único español capaz de ver que la lapidación de uno de esos dirigentes políticos implica la del otro? ¿Soy yo el único español al que su patriotismo, el amor a su país, no le impide el ejercicio de la actividad intelectual?
            Seguro que no, pero parece que sí.
            ¿Soy yo el único que, discrepando en tantas cosas políticamente de la CUP, admira su firmeza ante la corrupción? Dijeron que no quería en el gobierno de Cataluña a nadie relacionado con las antiguas prácticas de saqueo institucional y mantuvieron su palabra hasta el fin; aquí, en cambio, los presuntos adalides de la anticorrupción, Ciudadanos, doblaron la cerviz a las primeras de cambio y permitieron que el dirigente del partido más ligado a todas las prácticas de saqueo y enriquecimiento ilícito, nuestro Artur Mas, siguiera al frente del gobierno. Con el apoyo además de la Gestora socialista (no con el apoyo de los votantes socialistas, dejémoslo claro). Y esos mismos son capaces de arremeter contra Artur Mas sin que se les caiga la cara de vergüenza? Parece que sí.
            ¿Y qué puedo hacer yo? Pues encogerme de hombros y seguir con mi saludable costumbre de no hablar de política ni pretender andar por ahí dando lecciones a los políticos y a los más prestigiosos periodistas de la Santa Madre España. Aunque tenga más razón que un santo, todo hay que decirlo.


Lunes, 13 de marzo
UNA CAJA DE CHOCOLATE

¿Cuántos testimonios hemos leído sobre el holocausto? Creemos que ya nada puede conmovernos más, y sin embargo... Jacqueline Goldberg, a quien conocí en Jerusalén, recoge en el último boletín del Yad Vashem el testimonio de Harry Osers, uno de los supervivientes: "Hay personas que no quieren hablar ni recordar lo que les ocurrió en el campo de concentración porque sé ponen tristes, empiezan a llorar. Yo no. Yo recuerdo muchas cosas de manera positiva. Lo negativo lo borré. No conté cuando uno se despertó entre los muertos, ni otras cosas. Yo tomo la vída del lado positivo. Y puedo hablar sin lágrimas porque hace cincuenta años, en el campo de concentración, fui como una especie de cucaracha que andaba por el piso y los alemanes se olvidaron de pisarme y destruirme. De esa cucarachita salió un ser humano que ha educado como a cincuenta mil alumnos en la universidad, que publicó libros utilizados en toda Venezuela e incluso en el exterior, que hizo algo positivo, algo que perdura".         
            Olvida lo malo y no olvida a quienes le ayudaron, aunque formaran parte de los verdugos: "Vi que el comandante del campo número 9, Wolf, iba en bicicleta y no parecía mala gente. Me le acerqué y me ofrecí para ser el mensajero de la Packat Stelle, donde llegaban los paquetes y se censuraban. Fui con él a la Packat Stelle y él preguntó si necesitaban un mensajero y como yo parecía su protegido me dejaron trabajando. Allí, limpiando, conseguí un ajedrez y pregunté si alguien jugaba y el segundo al mando dijo que él jugaba y me ofreció si ganaba una caja de chocolates. ¡Y gané! Bueno, no sé si gané o me dejó ganar porque después jugamos varias veces y él lo hacía mucho mejor que yo".
            Emanuele y Rafaele, dos niños judíos refugiados en el convento de Santa Marta, en Settignano, cerca de Florencia, permanecieron allí hasta el 8 de abril de 1944. Y cada vez que tenían que besar la cruz en alguna ceremonia religiosa, “una monja ponía sobre ella sus dedos para que besasen su mano y no pecasen contra su fe".
            La madre de ambos, Wanda, que estaba oculta en otro convento, tuvo menos suerte. Por delación de uno de los habitantes de la zona, el 26 de noviembre de 1943 llegaron los alemanes al convento y se llevaron a Wanda y a otras 32 mujeres. Todas fueron deportadas a Auschwitz-Birkenau. “En el camino al campo de exterminio, logró arrojar del tren una carta en la que relataba todo lo que le había acontecido. La carta fue recogida por una mujer de Verona. En esa ciudad había mujeres caritativas que se impusieron como un deber recoger cartas y notas que eran arrojadas desde los vagones de tren. Trataban de ubicar a los destinatarios para hacérselas llegar”.
            Historias, historias, infinitas historias, un río caudaloso que no se acaba nunca. Y las pequeñas muestras de bondad que nos hacer no perder por completo la confianza en el ser humano: ese nazi que se deja ganar al ajedrez para regalarle chocolate a un niño judío, esa monja que no quiere que nos pequeños refugiados hagan nada contra su fe, las mujeres que recogen los papeles que arrojan desde el tren quienes van hacia la muerte…
            Se me llenan los ojos de lágrimas mientras leo en Vetusta La voz de Yad Vashem y cuando llega una amiga, comunista de siempre, al ver la revista, con su conmovedora orquesta de mandolinas en la portada (alumnos de la escuela judía de Prodno, Polonia, en 1922), lo único que se ocurre decir es “pues yo estoy en contra, completamente en contra del estado de Israel”.  Siento vergüenza ajena.


Martes, 14 de marzo
ARRASA EN LA RED

––¿Has visto la página entera que le dedican hoy a Karmelo Iribarren en El País? A ti, una columnita en cuarenta años y gracias. Ahora sí que podrá reírse de ti en Facebook como cuando coincidisteis en Madrid en la caseta de Renacimiento y él se hartó de firmar y tú ni un libro.
            -–-¿Una página en la sección de cultura, en la de sucesos o en la de pasatiempos? Es broma, hombre. Si a mí es un poeta que me gusta mucho. Sus poemas son breves, sin complicaciones, perfectos para leer en el teléfono mientras se espera el autobús. Aunque a mí, como conozco la fórmula, más bien me aburren. En lugar de leerlos, prefiero escribirlos. ¿Te leo los últimos que he escrito? Escucha uno: “Ándate con cuidado, / que no se entere nadie / de que lo pasas bien, / que tu vida funciona / y eres feliz a rato. / Hay gente que es capaz / de cualquier cosa / cuando ve una sonrisa”.
            ––Se nota que no es suyo.
            ––Te leo otro, muy breve: “Es de noche / y estoy / solo conmigo. / No he podido encontrar / compañía / peor”.
            ––Ese todavía me gusta menos. No das con su tono.
            ––“La mirada / al frente, / la sonrisa / a punto, / y los zapatos / limpios. / No lo olvides: / ni una sola pista / a los enemigos”.
            ––No te esfuerces, Martín. Los poemas de Carmelo tienen mucho trabajo detrás. No se escriben en unos minutos mientras se espera al autobús. Lo que pasa es que tú le desprecias porque fue camarero, vendedor de enciclopedias y camarero en un bar de jubilados. Pero él arrasa en la red y a ti no te leen más que cuatro filólogos.
            ––“A mi perro le cuento / todo lo que me pasa. / Es mi mejor amigo. / Él me mira atento, / comprensivo, / y cuando estoy a punto / de llorar en sus brazos / se cruza alguna perra / y se escapa tras ella / y a mí me deja solo / como a un perro”.
            ––¿Pero tú cuántos poemas de Karmelo has escrito?
            ––Si el autobús se retrasa, escribo un libro entero. Pero estos que te leo ahora aún no los he escrito. Los voy improvisando mientras de hablo: “Fui joven ayer mismo / y dentro de unos días / seré un puto viejo. / La vida me ha tratado / como trata la vida / a casi todo el mundo. / O sea, nada bien. / Pero no me quejo: / a otros les fue peor / y los dejo de lado / antes de tiempo”.
            ––Me tomas el pelo. Ese es un poema suyo que recuerdas de memoria.
            ––Puede. Otro: “La luces de neón / de aquel motel de carretera / (quizá tan solo un puticlub) / aún brillan en la noche. / Lo vimos al pasar. /  Luxury Paradise / en verde y rojo. / No nos detuvimos. / Quizá por eso / brillan todavía / en la memoria.”
           

Miércoles, 15 de marzo
METAFÍSICA INSTANTÁNEA

En un libro que estudia la elegía posmoderna, me encuentro con unas palabras de Gaston Bachelard: “La poesía es metafísica instantánea. Debe dar, en un breve poema, una visión del universo y el secreto de un alma, ser y cosas, todo al mismo tiempo”.
            Es la cita que aparece al comienzo Mudanza, una de las recopilaciones de mis versos. Siempre creí que era uno de los textos apócrifos (pero completamente verosímiles: engañarían a cualquiera) que me gusta colocar al frente de mis libros de poemas. Pero parece que no. La memoria engaña.


Jueves, 16 de marzo
VIVIR PARA VER

¿Cuántos poemas de Karmelo C. Iribarren, cuántos haikus, cuántos aforismos podría escribir en la hora larga que me hacen esperar en la oficina de correos de los Prados para recoger un “envío ordinario cuyas dimensiones no permiten su depósito en el buzón”? Podría escribir un libro entero, pero el cabreo me lo impide. Cuando por fin me entregan el sobre con dos delgados libritos (cabe perfectamente, no en un buzón adaptado como el mío, sino en cualquier buzón), decido no volver a recoger más ningún envío. Que los devuelvan, y que las editoriales y autores que me envían sus libros busquen un servicio más eficaz. Si lo que Correos pretende es fastidiar a los usuarios para que se pasen a otra compañía, adiós, muy buenas, lo han conseguido.
            Ya había protestado antes, y hablaron conmigo los representantes de la asamblea de carteros y el jefe del servicio, pero después de una breve recuperación del buen funcionamiento, volvieron a las andadas.
            Llamo a la unidad de reparto de la zona. Se disculpan. Me dicen que la cartera habitual está de baja y que hay una sustituta. Por eso no me llevaron a casa la correspondencia. O sea, que el servicio legal (las cartas se entregan en el domicilio) es ya solo un privilegio, un favor que se hace a quien protesta. Vivir para ver.



domingo, 12 de marzo de 2017

Sin trampa ni cartón: Raíces profundas


Sábado, 4 de marzo
LLAMO LA ATENCIÓN

Estoy, como cada tarde, trabajando en mi rincón de Los Prados (me divierte llamar trabajo a lo que yo hago), cuando se me acerca una niña, de unos diez o doce años: “Perdone que le moleste. ¿Podría hacerle una pregunta? Es que a mi amiga –y me señala unas mesas en que varias niñas de su edad parecen estar celebrando un cumpleaños– le gustan mucho los libros y se ha extrañado de verle leer aquí, en McDonald’s, y le gustaría saber qué libro está leyendo”.
            Le enseño el libro que tengo entre manos, con la foto de un padre que le pasa la mano por encima del hombro a su hijo adolescente en la portada. La amiga interesada, al ver que yo respondo amablemente, se ha acercado también.
----Es una obra muy emocionante de Javier Gomá. Se titula La imagen de tu vida. Un hijo habla de su padre después de la muerte de este y de la imagen que cada uno de nosotros deja al morir.
----¿Es un niño quien habla? ¿Es el que aparece en la portada?
----Es ese niño cuando tiene cincuenta años –y les enseño la foto de la solapa. El libro se refiere también de lo que queda de nosotros después de la muerte o de lo que nos gustaría que quedara.
----¿Y puede concentrarse con tanto barullo?
----Claro. ¿No veis a esa gente que en cuanto se ponen a hablar por un móvil o a mirar la pantalla es como si desapareciera todo lo que hay a su alrededor? Pues a mí me pasa lo mismo con un libro, claro que no con cualquier libro. Y en la mesa de una cafetería, no mientras cruzo la calle en rojo o camino tropezando con todos, como hacen los del teléfono.


Domingo, 5 de marzo
EL MAL QUE HICIMOS

Veo Logan, la última aventura de Lobezno, el superhéroe de la Marvel, y como en el soneto de Guillén “me angustia una certeza”, no la del futuro del mundo, la de mi propio futuro.
            Le quito los episodios de reiterada violencia, tan poco convincentes en su fantasiosa explicitud de vídeo juego, ¿y qué me queda? Envejecer, morir, como el único argumento de la obra.
            Al antiguo héroe, que ahora trabaja como conductor de limusinas mientras cuida de su viejo maestro que padece alzheimer, le surge la oportunidad de una última aventura. Se niega a ella todo lo que puede.
            Como don Quijote lee sus aventuras en un libro, así él se encuentra con las suyas en las páginas de un cómic. Comprueba que están llenas de mentiras: las cosas nunca son como se nos cuentan.
            No existe el Edén a donde ha de llevar a Laura junto a los otros niños mutantes salvados de la matanza de los inocentes. Es solo un invento de fantasiosos guionistas. La enfermera Gabriela ha tomado la dirección del refugio seguro de un simple tebeo.
            No existe, o quizá sí, al otro lado de la frontera. Como Moisés, muere Logan al borde de la tierra prometida.
            En la habitación de un hotel de Las Vegas, Charles Xavier, el viejo profesor, ve Raíces profundas con Laura, la niña mutante. Desde ese momento yo veo dos películas: el viejo western sirve de trasfondo a las desventuras de Lobezno.
            Shane, el enigmático pistolero que ha salvado a una humilde familia del acoso del terrateniente, ha de seguir su camino solitario, no puede quedarse a disfrutar de una vida apacible. “El daño que hemos hecho nos acompaña siempre”, dice o creo recordar yo que dice.
            Pasa el tiempo y perdonar el mal que nos hicieron resulta fácil. Pero, por mucho tiempo que pase, qué difícil, qué imposible resulta perdonarnos el mal que hicimos.


Lunes, 6 de marzo
CIORAN EN VILLAVICIOSA

Para el hombre rutinario, y yo creo serlo más que nadie, todo se convierte en aventura. Por ejemplo, que un amigo me lleve, poco más de veinte minutos de coche, hasta el taller del pintor Guillermo Simón, en un pequeño alto frente a la ría de Villaviciosa. Entre sus nuevos lienzos, que algo recuerdan a los repetidos nenúfares de Monet, aparece, arrumbado contra la pared del estudio, un homenaje a Cioran.
----Hubo un tiempo en que caí bajo su maleficio –nos dice el pintor. En París estuve a punto de conocerle. Me señalaron la buhardilla en que vivía y yo llegué hasta el portal, pero no me decidí a subir. Me dio por pensar que si hablaba con él acabaría por robarme todo el interés por la vida.
            La tentación de existir se titula el homenaje. Pero yo pienso que la verdadera tentación, la mayor tentación de todas, es la de no existir. En una versión apócrifa de la Biblia, que Borges reproduce en alguna de sus antologías de la literatura fantástica, lo que Eva ofrece a Adán no es una manzana, sino un fruto venenoso, o quizá era una manzana,pero como la de Alan Turing, llena de cianuro. La tentación de la serpiente es el suicidio, ser como Dios, volver a la nada, el verdadero paraíso, manchado por la diabólica creación.
            Bajamos luego hasta la playa y los penumbrosos pinares de Rodiles. La anticipada primavera, el juego de las luces y las sombras, el ir y venir de las olas sobre la arena solitaria, me hacen olvidarme de Cioran y la tentadora oferta que reiteraban una y otra vez sus libros, oferta que él mismo siempre se negó a aceptar.
            Mientras regreso en coche a Oviedo, recuerdo uno de sus aforismos: “Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso”.


Martes, 7 de marzo
MINTIERON LOS PADRES DE LA PATRIA

Tras la lectura de poemas en la librería Cervantes, menos tediosa (o así me pareció a mí) de lo que suelen ser estos actos, discusión política con el poeta José Luis Argüelles. Le sorprende que yo me haya afiliado al partido en el que ponía y quitaba presidentes un tipo como Fernández Villa. “De esa España venimos”, le digo. “De una España en la que Fernández Villa era un héroe sindical y un personaje como el anterior jefe del Estado un admirado estadista.  Nos engañaron. Nuestros padres mintieron, como en el poema de Kipling que copia Juaristi. Nuestros padres, nuestros periodistas, nuestros políticos. Me gustaría hacer todo lo posible para que esas cosas no vuelvan a suceder”.


Miércoles, 8 de marzo
NO TE PREOCUPES

Voy con Martín, Cristian y Marta a visitar por primera vez a Ana, la hija de mi amigo Alfonso, la hermana de Ernesto. Como todo es relativo, Ernesto, que hasta hace menos de una semana era un niño, ya parece un adulto con su hermana en brazos, mirándola sonriente y protector, y el bebé Martín, que aún no ha cumplido medio año, parece un gigante, un orondo buda, comparado con la minúscula maravilla de Ana, ese ser de otro mundo mejor, recién llegado a este y que aún no se atreve a abrir del todo los ojos por miedo a que no le guste demasiado lo que ve.
            No te preocupes, Ana, aún te quedan algunos años antes de que puedas leer los periódicos, ver las noticias y darte cuenta del mundo injusto en que te ha tocado vivir. Disfruta hasta entonces, querida Ana, diminuta Ana.


Jueves, 9 de marzo
INCONVENIENTES DE LA OCIOSIDAD

Supongo que como para todo el mundo, los días no siempre tienen para mí el mismo número de horas. Unas veces, las menos, se me quedan cortos y otras parece que les sobran horas por todas partes.
Siempre hago lo que tengo que hacer en la mitad del tiempo que he previsto para ello y luego, claro, no me queda más remedio que aburrirme. He probado a ir más despacio, por supuesto, e infinitas veces, pero a menor velocidad todo me cuesta más esfuerzo y no por eso me queda mejor. O sea, que he terminado por acostumbrarme a mi tempo, siempre molto accelerato, aunque luego me sobre tiempo. Y ya se sabe que el demonio, o como quiera llamársele, prefiere la ociosidad para hacer de las suyas.
Había terminado de hojear los libros que me habían llegado esta mañana sin clases (todos de poesía, pero sin un sorbo de poesía que llevarse a la boca), cuando una desconocida, sin decir palabra, se sentó frente a mí y se quedó mirándome fijamente. "¿Nos conocemos?", dije por decir algo. Siguió mirándome, sin despegar los labios, sin fingir siquiera una sonrisa. Comencé a sentirme incómodo, iba a levantarme, a cambiar de sitio, cuando ella susurró: "Demasiado".
Entonces se acercó el camarero, Íñigo, a preguntarle si quería tomar algo. "Ya me iba", respondió. "He pasado solo a saludar a este canalla". Íñigo puso la misma cara de sorpresa que puse yo.
Cuando la mujer se alejó, me dijo: "Cuánta gente chiflada hay en el mundo".
Yo me quedé entre extrañado y asustado. Todos tenemos un pasado tapiado, encerrado con cien llaves, que solo vuelve en alguna pesadilla, pero estoy seguro de que aquella mujer no forma parte de él  ¿O sí? Mi memoria siempre ha sido pésima para lo que no me interesa recordar.


Viernes 10 de marzo
UN LISTILLO  MÁS

Voy contra mi interés en confesarlo, como dice Bécquer en la más campoamoriana de sus rimas, pero mi deporte favorito, el que nunca me cansa, consiste en tratar de demostrar que soy más listo que nadie.
            Como no es una actividad que ayude a triunfar ni a hacer amigos, trato de encontrarle alternativas. No se las encuentro. Nada me apasiona tanto como demostrarle a un catedrático de derecho constitucional que la constitución española no afirma que el jefe del Estado no pueda ser juzgado por los delitos que pueda cometer como ciudadano particular. Solo es inimputable en su actividad pública, de la que es responsable el gobierno. Nos mintieron en eso, como en tantas cosas.
            Me apasiona tratar de demostrar que soy más listo que nadie, pero está claro que no lo soy –solo un listillo más--, puesto que no soy capaz de disimularlo.


           




domingo, 5 de marzo de 2017

Sin trampa ni cartón: Nunca digas nunca jamás


Sábado, 25 de febrero
CONSEJOS A UN JOVEN ESCRITOR

“¿Qué consejo le daría usted a un joven que quiere ser escritor?”, me pregunta una señora que se acerca a saludarme en el Atrio avilesino y que, por su tono preocupado, me da la impresión de que tiene ese problema en casa.
            Respondo con las vaguedades habituales y, cuando ella se va, sonrío recordando la respuesta de Somerset Maugham en una ocasión parecida: “No le dé consejos. Déle usted ciento cincuenta libras durante cinco años y dígale que se vaya al diablo”.
Lo razonaba así: “Con ese dinero no se morirá de hambre, pero tendrá pocas comodidades, que son el mayor enemigo de un escritor. Podrá viajar por todo el mundo en condiciones que le permitirán ver la vida bajo aspectos que ignora el que viaja en primera clase y se aloja en buenos hoteles. Con esa renta, más de una vez se quedará sin dinero y deberá aguzar el ingenio para procurarse cama y comida. Tendrá que ejercer temporalmente los más diversos trabajos. Un escritor tiene que situarse en condiciones que le permitan experimentar la mayor cantidad de experiencias posibles. No necesita saber mucho de nada, pero tiene que saber de todo. Tiene que estar enamorado y encontrarse perdido, tener hambre y emborracharse, jugar al póker con los fulleros de San Francisco, apostar en el casino de Montecarlo, cortejar a las duquesas en París y discutir con los filósofos en Berlín, montar a caballo en Sevilla y nadar con los indígenas en los Mares del Sur. No hay nadie que no sea digno de ser conocido por el escritor. Cualquier cosa que le ocurra, por insignificante que parezca, es grano para su molino”.
            Veinte años, una familia generosa y toda la libertad del mundo. ¡Qué buen plan para un aprendiz de escritor! Pero yo creo que lo único que un joven necesita para ser escritor es talento. Todo lo demás se le dará por añadidura.


Domingo, 26 de febrero
HISTORIA DE DOS HERMANOS

Uno era pintor y se creía un genio. El otro era médico, trabajaba mucho, tenía una buena clientela y pudo hacer algún dinero. El pintor era arrogante e irascible y despreciaba a su hermano, aunque con frecuencia tenía que recurrir a su ayuda económica. Hizo varias exposiciones, pero nunca  logró vender más que dos o tres cuadros. Pasó el tiempo. El hermano médico murió y el pintor heredó su casa. En el desván descubrió todos los cuadros que había vendido. “Qué avaricioso mi hermano—decía a sus amistades-- nunca fue capaz de pensar en otra cosa que en el dinero. Quería acaparar mi obra para venderla cuando subieran los precios”.


Lunes, 27 de febrero
AVENTURA EN ORTIGIA

“Como sé que le gustan estas cosas, aunque no crea en ellas, le voy a contar lo que me ocurrió una tarde en la isla de Ortigia, que creo que usted conoce bien. Estuve un rato tomando el sol cerca de la fuente de Aretusa, leyendo a Virgilio, una edición bilingüe de la La Eneida, qué mejor sitio para ello, y luego me puse a caminar tranquilamente por el paseo que bordea la orilla. Al llegar a las fortificaciones del final, torcí a la izquierda por callejuelas desiertas. También desierto estaba el paseo de ese otro lado. En una playa de guijarros descansaban dos o tres personas, mientras que un perro jugueteaba con las olas. El silencio se hizo más intenso y la luz más irreal, o eso me pareció, como anunciando lo que iba a ocurrir. No se imagine que fue nada extraordinario. Solo la sensación de una presencia, eso tan difícil de contar y más de que alguien te crea. Estaban allí. Yo lo sabía y eso bastaba. ¿Quiénes? No sabría decirlo, pero usted me comprende. Ha pasado por experiencias parecidas o al menos eso es lo que ha contado algún domingo en el periódico. Me asomé a la playa. No había nadie. La arena pedregosa se había vuelto negra, reluciente, como de azabache. Las aguas del mar, en cambio, eran transparentes. ¿No vio alguna vez, en el puerto, junto al puente que une la isla con la ciudad, el “presepio” submarino que ponen en fechas navideñas? Pues algo semejante vi yo allí, en el fondo, figurillas diminutas, de apariencia humana, que se movían lentamente. Todo duró un instante, menos de lo que tardó en contarlo. El silencio fue interrumpido por un ruidoso grupo que apareció de pronto. Hablaban en español y yo sentí el impulso de acercarme a saludarlos. Eran tres mujeres, como de unos cincuenta años, y un adolescente, quizá hijo de una de ellas. Pronto supe que las tres eran profesoras. ¿Y sabe quién era una de ellas? Pues una poeta que usted conoce de sobra y yo no tardé en reconocer porque la había escuchado leer sus versos en los premios Emilio Alarcos. Le recité versos suyos que me sabía de memoria (“Un queso, miel / y versos de Virgilio. / Festín de dioses”) y, claro, les caí muy bien y me invitaron a recorrer con ellos la isla. Un placer escuchar a Aurora Luque hablar ante las ruinas del templo de Apolo o recitar de memoria, ante la fuente, los versos de Virgilio y de Horacio, o de Ovidio, ahora no recuerdo bien, que cuentan la historia de Aretusa. Luego fuimos al anfiteatro y a probamos a hacernos oír hablando muy bajo en un extremo de la oreja de Dionisos. Todavía nos escribimos de vez en cuando. Lo que no les conté, ni hasta ahora se la he contado a nadie, fue la experiencia que tuve antes del encuentro. En realidad, como ve, no ocurrió nada extraordinario, nada que no pueda ser considerado como una alucinación. Ese día había desayunado poco, no había comido, había caminado bastante, llevaba unos días de mucho ajetreo. Pero estoy seguro de que ocurrió algo, estaban ahí, a mi lado había alguien, sentí su aliento, o su hálito, y luego aquellas diminutas figuras, como muñequillos animados, en el fondo del mar. Supe con certeza que a mí lado había alguien y que no era de este mundo.


Martes, 28 de febrero
EL POETA FAMOSO

Creo que fue Hilario Barrero quien me contó esta historia. Louise Crane, la millonaria norteamericana amiga de Victoria Kent, tuvo una secretaría que vivía en el mismo edificio de Brooklyn que el padre de un poeta inglés al que ella admiraba mucho. Era alcohólico, con mal genio y peor reputación, pero procuraba ayudarle en atención a su hijo. Un día el poeta fue a Nueva York a dar una serie de recitales y se alojó en casa de Crane. La secretaria le llevó un libro para que se lo firmara, le dijo lo mucho que admiraba su obra y al final añadió que conocía a su padre porque vivían en el mismo edificio. “¿Ah, sí?”, se limitó a responder el poeta. Pasaron los días, llegó el momento de marcharse y el poeta famoso no había encontrado ocasión de visitar a su padre. Se lo comentó extrañada al vecino. “Se avergüenza de mí” fue su respuesta. “Es un poeta asqueroso”, dijo ella con indignación”. “No, no. Es un hombre asqueroso, pero un gran poeta”.


Miércoles, 1 de marzo
ARRIMAR EL HOMBRO

Siempre he presumido de  independencia. Nunca he estado afiliado a ningún partido político. Y más de una vez he afirmado que nunca lo estaría. Pero está visto que no se debe decir nunca jamás. Hoy me he afiliado al partido al que voto desde 1982. Formo parte del colectivo de sus votantes cabreados. Y como, al contrario que en Francia o en Italia, aquí al candidato en primarias lo eligen solo los militantes, me he afiliado para poder decidir en junio. Si no hay suerte y se salen con la suya los que manejan los hilos de la marioneta gestora, paso por primera vez a la abstención.
            Aunque creo que era mi deber afiliarme, ando un poco preocupado. Ya no puedo confiar en que mis más firmes propósitos se mantengan. ¿Acabaré casado o novelista o enviando un libro a algún concurso?


Jueves, 2 de marzo
EL MEJOR REGALO

Hoy hace cincuenta años que murió Azorín. Yo tenía diecisiete y recuerdo perfectamente las páginas necrológicas del ABC. Ya había leído bastantes libros suyos en la biblioteca Bances Candamo y me había deslumbrado especialmente Al margen de los clásicos en aquellas elegantes ediciones de la Residencia de Estudiantes que cuidaba Juan Ramón Jiménez.
El primer libro suyo que leí fue el primer libro adulto, no de Julio Verne ni tebeos, que cayó en mis manos. Fue el 17 de junio de 1963. Cumplía yo trece años. Estudiaba el bachillerato. Tenía que caminar cada día unos cuando kilómetros para llegar al Instituto. Me pasaba el tiempo libro leyendo y escribiendo. Me llamaban en broma “el escritor” y así se titulaba el libro que me regalaron: El escritor. No es una de las mejores obras de Azorín. Lo escribió en 1941, a su regreso de París, para congraciarse con el nuevo régimen. Se lo dedica a Dionisio Ridruejo, que pronto caería en desgracia, y uno de los capítulos, “A los jóvenes”, termina con estas palabras: “Todos en pie, tendido el brazo, abierta la mano, han gritado: Arriba España”.
He vuelto a leer ese libro, que llegué a saber casi de memoria (todavía puedo recitar el comienzo: “Nada en suma. Absolutamente nada. Nada que se salga del carril cotidiano. La vida fluye incesante y uniforme: duermo, trabajo, discurro por Madrid, hojeo al azar un libro nuevo…”) y me sigue fascinando, quizá porque no leo lo que escribió Azorín sino porque me veo a mí mismo leyéndolo por primera vez y soñando con la vida de escritor.
Tengo ahora los mismos años que Azorín tenía cuando escribió esa obra de senectud. Pero sospecho que tengo más en común con aquel estudiante de bachillerato que recibió como regalo un tomito de la colección Austral (todavía lo conservo) que con el anciano y desengañado escritor.
“La acción es la verdadera fiesta del hombre”, dice la cita de Goethe que  coloca al frente del libro. Él pensaba en los tres años de guerra y en Ridruejo en la División Azul. Para mí la verdadera fiesta sigue siendo abrir un libro como quien abre una puerta para salir al mundo, como quien abre una ventana para que su casa se llene de luz.


Viernes, 3 de marzo
COMEDIANTES

 “Somos los escritores, en cierta manera, comediantes que representamos en tablado ante el público. Aun los más recatados e íntimos se sienten ante la multitud: público grande o público chico, público de hoy o público de mañana”.
            No he olvidado esta frase, como tantas otras que leí hace más de medio siglo, en la novela de Azorín. En privado o en público, siempre me he sentido en un escenario, siempre me he sentido observado. Mis secretos están a la vista de todos, como la carta del cuento de Poe. Por eso siguen siendo secretos. Por eso todavía tengo algo que contar.



domingo, 26 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Contar destellos



ábado, 18 de febrero
QUÉ BIEN ME CONOZCO

––La vanidad creo que he aprendido a gestionarla bastante bien. En primer lugar, no la disimulo, nada de falsa modestia; más bien la exagero un poco, que es una manera de tomarla a broma para que moleste menos. Y solo me preocupa la posteridad. Me importa que se me siga leyendo dentro de cien o doscientos años. Los premios, los honores, los reconocimientos para quienes sospechan que, como no se esfuercen en la promoción, nadie se va a ocupar de ellos. Yo confío en el lector del futuro, ese que no tendrá en cuenta lo que se recomienda en Babelia.
            ––¿Y de verdad crees que, si ahora nadie se ocupa de ti, alguien se va a ocupar después?
            ––Lo bueno de dejar las recompensas para después es que, si me equivoco, no me voy a enterar. Así puedo ser vanidoso, completamente vanidoso, sin molestar y sin preocuparme de si alguien comparte o no la buena opinión que tengo de mí mismo.
            Me vienen bien estas sesiones semanales de psicoanálisis. Y lo mejor es que no tengo que abonar honorarios. Yo mismo soy el paciente y el analista: juego a desdoblarme, un juego que se me da bastante bien. “¿A qué se debe que no pueda estar en casa, no ya una mañana o una tarde enteras, sino ni siquiera más de dos horas?”, me pregunté una vez. Y en seguida obtuve la respuesta: “Quizá a la experiencia de haber pasado siete días con sus siete noches incomunicado en una celda de la que solo salías para sesiones de interrogatorio no demasiado amables”. Sonrío. Qué bien me conozco.


Domingo, 19 de febrero
UN OVNI EN ELCA

No creo, por supuesto, ni en el horóscopo ni en los extraterrestres, pero el primero lo leo siempre en el periódico y los programas televisivos sobre objetos volantes no identificados y seres de otros mundos son los que más me divierten y más me ayudan a desconectar y a conciliar el sueño.
            Por la antología consultada de Francisco Brines que acaba de publicar Renacimiento, me entero de que también el poeta valenciano fue testigo de la aparición de un Ovni. Lo cuenta Alejandro Duque Amusco en el prólogo. Ocurrió en Elca, durante un verano especialmente caluroso. Desde el jardín de su casa, vio una esfera negra suspendida en el aire. Se mantuvo allí largo tiempo y él se quedó mirándola con ojos fijos. Desapareció de pronto, como si se deshiciera en el aire. Lo atribuyó a una alucinación provocada por el calor. Tiempo después le dedicó uno de sus mejores poemas "Esplendor negro": "Solo una vez pudiste conocer aquel Esplendor negro, / e intermitente recuerdas la experiencia con vaguedad, / aproximaciones difusas, inminencias, / y así desde tu juventud arrastras frío, / un invisible manto de ceniza escarlata".
            No existen los Ovnis, pero los testigos de los avistamientos se cuentan por millares. Tampoco existe ninguna divinidad, pero hay constancia documental de docenas y docenas de milagros.


Lunes, 20 de febrero
ÁNGEL GONZÁLEZ INÉDITO

En un número de Cuadernos de Ruedo Ibérico que me pasa el librero de La Noceda, encuentro dos poemas de Ángel González no recogidos en Palabra sobre palabra. ¿Dos poemas? Resulta excesivo llamarlas así. Mejor, dos ocurrencias de las que, con muy buen criterio, se arrepintió después. No pasará mucho tiempo sin que algún erudito las añada a su poesía completa. Una edición "crítica" o "científica", por supuesto, que es a menudo la peor de las posibles. A veces pienso que la primera condición para dedicarse al estudio de la literatura es carecer de competencia literaria, no distinguir entre el poema y el borrador del poema, entre una enumeración caótica y la lista de la compra. Juan Ramón Jiménez sabe mucho de ello. Culpa suya por no ser capaz de romper papel.
            Pero los poemas ya publicados no hay manera de hacerlos desaparecer. A Ángel González seguro que le avergonzaría que yo copiara aquí su "Parquímetro" y su "Gene rarísimo". No lo haré. Ya se ocupará de hacerlo algún teórico de la poesía postmoderna. Quizá Vicente Luis Mora, primer laureado de la cátedra que lleva el nombre del poeta.


Martes, 21 de febrero
CONFIDENCIAS

¿No has sentido nunca la sensación de que, al entrar en casa, alguien acaba de abandonarla? Alguien que tiene buen cuidado de dejarlo todo como tú lo dejaste, sin mover un libro ni un papel de sitio. A mí me ocurre con frecuencia, y ha llegado a obsesionarme. A veces pongo trampas, como en las malas novelas de detectives que leíamos en la adolescencia. Ya sabes: un cabello sujeto a la puerta, una fina capa de arena o de harina para detectar pisadas. La verdad es que nunca quedó marcada ninguna huella ni se rompió el pelo o el hilo que puse alguna vez. Pero yo seguía teniendo esa curiosa sensación, sin prueba alguna, y llegué a pensar, como tú pensarás ahora, que era una paranoia mía.  Una noche, al levantarme para ir al baño, me di cuenta de que la luz de la cocina estaba encendida. Al ir a apagarla, me asusté. Había creído oír unas frases susurradas. Allí había alguien. Quedé un momento inmóvil. No sabía qué hacer. Los susurros cesaron. Quizá había oído mal: un grifo mal cerrado, una conversación en el piso del vecino. En la cocina, como era de esperar, no había nadie. Apagué la luz, volví a la cama, pero ya no pude dormirme. Pasaron unos cuantos días, no muchos, y ayer, cuando estaba escribiendo en mi rincón de Los Prados, una pareja sonriente, bien parecidos los dos, de poco más de treinta años, se acercó hasta mí sorteando las mesas vacías. No me extrañó. A veces se acerca a saludarme gente que no conozco, pero que ha leído algo mío, o que me presentaron alguna vez y cuyo rostro he olvidado (soy mal fisonomista). Aquellos dos desconocidos no me dijeron su nombre, daban por supuesto que yo sabía quiénes eran, y en seguida comenzaron a hablar de la película que iban a ver, Moonlight. Yo les dije que me había gustado mucho. Charlamos de cosas intrascendentes y de pronto, cuando ya se despedían, ella dijo: “Vaya susto la otra noche, ¿no? Perdone, tendremos más cuidado”. Y yo, de inmediato: “¿Erais vosotros los que estabais en mi cocina? ¿Cómo entrasteis?”. Ella sonrió, soltó la mano de su acompañante, volvió hasta mí, tropezando con alguna mesa (están demasiado juntas, como una barrera protectora en torno mío), me dio un beso sin decirme nada y luego se alejó de nuevo. No sé cómo ponerme en contacto con ellos, debería haberles pedido el teléfono. ¿Tú crees que eran los visitantes? Qué absurdo, ¿no? Pero estoy pensando en cambiar de casa, aunque sospecho que no valdría de nada. Sean quienes sean, seguro que se van a mudar conmigo.


Miércoles, 22 de febrero
OSCURIDADES Y DESTELLOS

Qué mal titulan algunos poetas: Brines, Entre dos nadas, su última antología; Aitor Francos, Filatelia, una colección de haikus. Mejor, Entre dos oscuridades (“Entre dos oscuridades, un relámpago” escribió Aleixandre) y Contar destellos, el verso que concluye uno de los haikus. Contar destellos: lo que yo hago cuando escribo. O lo que intento hacer.


Jueves, 23 de febrero
TODAVÍA

––Martín, Martín, ¿tampoco vas a hablar de política ahora que al cuñado de tu jefe, tras condenarle a seis y tres meses de cárcel, le dejan en la calle, con la única condición de que avíse, si quiere cambiar de casa, y que si quiere irse de vacaciones que, por favor, no salga de la Unión Europea?
            ––Tampoco.
            ––¿Y no tienes nada que decir cuando primero amenazan y luego le cambian de su puesto al fiscal de Murcia porque se ha atrevido a pedir que investiguen al presunto corrupto que preside la Comunidad?
            ––No.
            ––Se veía venir. Te has convertido al borbonismo y su turno de partidos. Que cada vez se van a turnar menos. Tendremos lo que tenemos para toda la eternidad, con los socialistas con la soga al cuello de unas elecciones que manden a casa a esos diputados que no representan a nadie desde que traicionaron a sus electores, y con Pablo Iglesias, siempre tan ocurrente, como bufón mayor del reino.
            ––De momento callo y me dedico a mis cosas. Quizá a partir de junio...
            ––¿No me irás a decir que todavía crees en Pedro Sánchez? Menudo iluso.


Viernes, 24 de febrero
BERLÍN-GINEBRA

Los viajes en el tiempo son mis favoritos. Voy a Moscú, al Moscú de Stalin, pero antes me detengo unos días en el Berlín de Hitler, recién llegado al poder. Mi guía es un simpatizante anarquista que contribuyó a la caída de Azaña con sus artículos sobre Casas Viejas y que ahora se encuentra cada vez más cerca de los comunistas. Con todos los gastos pagados, como tantos otros intelectuales, va a Rusia para dejar constancia de que el paraíso está a punto de ser realidad. Antes nos detenemos en Berlín, ya dije. A Ramón J. Sender no le alarma demasiado la figura de Hitler, un advenedizo, un don nadie: "Hitler carece de contornos, de arista hirientes. Su personalidad es no tener ninguna. En el caso de un atentado, el nacionalismo perdería no a su jefe, sino a un individuo de la organización. Esta no se resentiría en lo más mínimo".
            ¿Él antisemitismo? Cosas de los primeros días, ya está remitiendo. Además no se puede decir que los judíos no lo provocaran. Con Sender subo al tren en Berlín: "Los viajeros son, en su mayoría, judíos. Hablan entre sí a voces, con grandes gestos. En seguida se hacen los amos del tren. Si quieren avanzar por el pasillo, meten una maleta contra un costado a los que están delante, nos pisan sin disculparse, escupen y discuten con los empleados. Se explica el odio del germano, hombre inmóvil, exagerado en la corrección, frío y formalista".
            ¿Seré yo tan perspicaz al hablar de mi tiempo como Sender al hablar del suyo? Esa es una de las razones por las que de momento prefiero no ocuparme de política. Ni de ese personaje al que nos quieren presentar como la oveja negra de la familia cuando solo es el chivo expiatorio (un dócil chivo al que le han garantizado que no irá a la cárcel y podrá recoger la recompensa muy cerca de su casa ginebrina).






domingo, 19 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Toda la belleza del mundo


Viernes, 10 de febrero
NO ME QUEJO

Hasta ahora, siempre he visto a tiempo venir sobre mí la ola negra de la melancolía y he logrado apartarme de un salto para que no me arrastre con ella. Lo que no puedo evitar es que unas veces me salpique y otras me empape.
            De momento no me quejo: una buena ducha, cambiarse de ropa y como nuevo.


Sábado, 11 de febrero
PARA AMARTE MEJOR

Me sumerjo en un libro como quien bucea en el océano a pulmón libre; por mucho que disfrute con lo que veo o con lo que leo, cada poco tengo que salir a tomar aire.
            ––¿Para qué tantos libros, Martín?
            ––Para verte mejor, realidad.


Domingo, 12 de febrero
EL PATITO FEO

Los cuentos de hadas, los verdaderos, no la versión rosácea a que nos han acostumbrado las adaptaciones infantiles y las películas de Walt Disney, se parecen más a Moonlight, la áspera película de Barry Jenkins, que a las dos horas de melosa felicidad que ha filmado Damien Chazelle.
            Los cuentos de hadas están llenos de madrastras, de niños abandonados, de pruebas casi imposibles de superar. Como la vida misma.
            Hay en Moonlight un error de casting que finalmente se revela un acierto. No resulta verosímil que el adolescente desmedrado que interpreta Ashton Sanders se convierta, pocos años después, tras pasar por la cárcel, en el atlético y guapo Chiron interpretado por Trevante Rhodes. Mucha gimnasia tuvo que hacer, muy buena alimentación que recibir. Esa radical metamorfosis, la escuálida víctima transformada en poderoso príncipe, nos indica que estamos en el terreno de los cuentos de hadas.
            Pero en un cuento de hadas que no abandona el terreno de la realidad. El niño perseguido por sus compañeros, maltratado por su madre, se dedica ahora al business, al trapicheo, controla la distribución de droga en una pequeña zona, como su primer mentor.
            El director de la película y el autor de la obra de teatro en que se basa el guión, Tarell Alvin McCraney, saben bien de qué hablan: los dos son negros y homosexuales, como su personaje, los dos vivieron en ambientes semejantes. Barry Jenkins incluso en el mismo barrio de Miami, Liberty City, en el que transcurre buena parte de la película. Todavía tenía allí amigos y parientes cuando se rodó, todavía circulaban por allí  algunos de sus maltratadores que sin duda le miraban con ojos de envidia e incomprensión. La película tuvo que rodarse con protección policial. La realidad se parecía demasiado a la ficción.
            Nos angustia ese Little, ese animalillo inocente que no entiende por qué sus compañeros le persiguen, por qué incluso su madre se burla de él. Sacia su hambre en silencio, parece que le cuesta hablar. De pronto hace una pregunta: “¿Qué es  marica?”
            Sus protectores, que lo han encontrado escondido de los otros niños en un refugio de yonquis, no saben qué decir. "Es el nombre con que algunos se dirigen a los gays cuando quieren ofenderlos", responde Juan (Mahershala Ali), el traficante de drogas que hace de hada en este cuento. "¿Y yo soy gay?", pregunta el chiquillo. "Si lo eres o no, lo sabrás cuando debas saberlo", responde la mujer de Juan.
            La última parte, cuando el niño Little, el adolescente Chiron, se ha convertido en el exitoso traficante Black, con su aparatoso coche y sus colgantes de oro, supone el triunfo de los humillados y ofendidos; del patito feo, ahora hermoso cisne negro.
            A la luz de la luna los chicos negros parecen azules se titula la obra de teatro que da origen a la película. Qué curiosa paradoja: La La Land nos deja un regusto de amargura, Moonlight una sensación de reconfortante aceptación de la vida, llena de trampas y alambres con espinos, pero en la que a veces es posible encontrar un mago bueno que nos guíe hacia la felicidad.


Lunes, 13 de febrero
BORGES Y YO

Borges se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Yo, más modestamente, he convertido cualquier rincón del mundo en una biblioteca: vaya donde vaya siempre encuentro una esquina –no hace falta que sea un café del Boulevard Saint-Germain, basta el McDonalds de Los Prados– donde sentarme tranquilo, abrir un libro, sacar mi cuaderno de notas y leer o escribir o mirar la vida que pasa.
            Tras pasar un rato en el París del Segundo Imperio con el diario de los Goncourt, del que ando preparando una reedición, abro el cuaderno y anoto:
            Demasiadas grandes palabras, hunden cualquier conversación.
            De la inteligencia de quien nos admira no solemos tener la menor duda.
            Qué poco inteligente quien siempre anda demostrando lo muy inteligente que es.
            El mayor premio, merecerlo.
            Andar por el mundo enamorado es como ponerse a nadar con pies de plomo.
            Las cosas que no sabemos son las que hacen interesante al mundo.
            Hablar con ingenio está al alcance de unos pocos; callar con ingenio, de casi nadie.
            Para oídos necios no hay palabras inteligentes.


Martes, 14 de febrero
UNA CITA

¿Hay algo todavía más deprimente que no tener ninguna cita romántica el día de San Valentín? Sí, tener una cita –como yo esta tarde– con el dentista.

Miércoles, 15 de febrero
MORIR DE ÉXITO

“¿No crees que tus libros se venderían más si los promocionaran como a los de Javier Cercas?”, me pregunta Enrique Bueres.
            “No sé. El riesgo de una tan exhaustiva promoción es que luego el libro no añada nada a lo que ya nos han contado el autor en sus entrevistas, Javier Rodríguez Marcos o Antonio Lucas en sus reportajes, Mainer en su servicial reseña de costumbre. No añada nada, salvo el tedio”.


Jueves, 16 de febrero
AFUERAS DE LA NOVELA

No soy un buen lector de novelas. En seguida aprovecho cualquier pretexto de la trama para abrir una puerta y salir fuera y continuar por mi cuenta. Salir fuera, a los recovecos de mi memoria, o quedarme dentro, pero explorando territorios que no se le ocurrieron al novelista. Comienzo Asesinato en el Jardín Botánico, de Santo Piazzese, la primera entrega de su Trilogía de Palermo, y pronto desaparece el cadáver que cuelga de uno de los gigantescos ficus y los policías que acaban de llegar llamados por el profesor Lorenzo La Marca, ese investigador que tiene más de Woody Allen (o de Víctor Botas) que de Philip Marlowe. Quedo yo solo en el Orto Botanico, como aquella tarde, y las cuatro gotas que comienzan a caer y a las que no doy demasiada importancia se convierten súbitamente en un chaparrón. Corro hacia el invernadero, que es el refugio que tengo más cerca, y hay momentos en que la lluvia golpetea con tanta fuerza que temo vaya a romper los cristales. Tardo en darme cuenta de que no estoy solo. En la otra esquina, en el lugar más apartado de donde yo me encuentro, hay una mujer, sin duda otra turista solitaria. No parece haberse dado cuenta de mi presencia. Yo me quedo mirándola, no sabiendo si saludarla o no, y ella se da la vuelta, me ve, pone cara de terror y antes de que yo pueda decir nada sale corriendo bajo la lluvia y se pierde por los senderos embarrados. Quedo sorprendido y un poco asustado yo también. Continúa lloviendo cada vez más fuerte, como si hubiera empezado el diluvio universal. Pronto será de noche, cerrarán las puertas del jardín, corro el riesgo de quedarme dentro si no me atrevo a desafiar el agua y el barro, como la mujer. Viene a salvarme el guarda, refugiado bajo un gran paraguas rojo. Sin duda lleva la cuenta de la gente que entra. “¿Ha salido ya la mujer que estaba aquí conmigo?”, le pregunté. “¿La mujer? Esta tarde no hubo más visitas que la suya. La tormenta estaba anunciada y todo el mundo se quedó en casa, salvo los turistas”. Cuando salía por la gran puerta que custodian las esfinges –ya había comenzado a amainar la lluvia–, me di la vuelta y creí verla al fondo del paseo de las palmas. Por la noche soñé que yo era Adán y ella Eva y el Jardín Botánico una versión didáctica del paraíso. Con un rotulador y unas cartulinas, íbamos poniéndole nombre a los árboles y las plantas. Al día siguiente, lucía un sol espléndido y aunque yo tenía otros planes, al llegar a la estación central, en lugar de subirme a un tren para ir hasta Bagheria, seguí por via Lincoln y me dirigí de nuevo al Jardín Botánico. Antes de mí, entró un ruidoso grupo turístico. Me dirigí en dirección contraria. Buscaba, absurdamente, sin querer reconocerlo, a aquella mujer que había huido de mí. Recordaba el comienzo del Orlando furioso narrado en prosa por Italo Calvino: “Al principio, hay solo una mujer que huye; corre para entrar en un poema que acaba de empezar”.
            ¿También aquella mujer corría para entrar en una historia que acababa de empezar? Muchas veces volví a soñar con aquel encuentro y ahora, leyendo Asesinato en el Jardín Botánico, me he decidido por fin a correr tras ella. La he tranquilizado y sentados en un banco (ha dejado de llover, han cerrado el jardín y nos hemos quedado dentro), a la luz titilante de las estrellas, me ha contado su historia. Algún día la contaré yo.


Viernes, 17 de febrero
QUÉ ABSURDO

El pequeño Martín (este domingo cumple cinco meses) todo lo mira con sus grandes ojos asombrados y nunca dice nada. Qué absurdo le debe parecer, recién llegado del paraíso, este mundo nuestro.



domingo, 12 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Los visitantes


Viernes, 3 de febrero
EN EL SAVANNA

Nada más salir de casa, al dar la vuelta a la primera esquina, me acordé de que me había olvidado del libro que un amigo me había pedido que le prestara, las traducciones de la poesía griega de Joan Ferraté, y volví en su busca.
            No habían pasado ni cinco minutos fuera, pero todo lo encontré patas arriba: los libros en el suelo, las sillas de la cocina volcadas, las macetas rotas y con la tierra esparcida por todas partes. Me asusté, volví a salir al descansillo, cerré de un golpe la puerta. Cualquiera que hubiera hecho eso, debía estar todavía dentro.
            Saqué el teléfono para llamar al 091, pero cambié de idea y preferí llamar a un amigo. Dentro no se oía nada y quizá aquel estropicio tuviera una explicación natural. A fin de cuenta soy bastante desordenado y más de una vez un montón de libros se ha venido al suelo con estrépito dándome un buen susto. Pero José Havel, como es frecuente, tenía el teléfono desconectado. Tampoco respondía Marcos. “¡Tenga uno amigos para eso!”, me dije. Bajaba entonces la escalera un vecino y le pregunté si podía entrar conmigo en casa. “He estado fuera un momento y creo que han entrado ladrones”.
            Miramos habitación por habitación: no había nadie. Tampoco me pareció que faltara nada. “Más o menos así suelen dejarme el piso que tengo alquilado a estudiantes cuando se marchan al final del curso”, bromeó. "Lo más extraño es que cuando salí todo estaba perfectamente y no tardé ni cinco minutos en volver".  No me acababa de creer: "Si usted lo dice... Hay que tener cuidado con quien uno invita a beber o a lo que sea a casa; hoy no te puedes fiar de nadie”.
            Arreglé mínimamente aquel desbarajuste y el resto lo dejé para la asistenta, que llegaría en una hora. Cogí el libro de Ferraté y me fui a tomar el habitual café en Las Salesas. No podía quitarme aquel extraño asunto de la cabeza. Llamé a la asistenta para avisarla de lo que se iba a encontrar. Me dijo que no me preocupara, que esas cosas –no sabía yo muy bien a qué cosas se refería– pasan. Comí fuera. Cuando volví todo estaba en su sitio, ordenado y reluciente. Llamé a la asistenta para agradecérselo. Ella creía que le había gastado una broma. "Iba asustada y fue el día de menos trabajo", me dijo.
            Miré los libros. Ni la más mínima alteración del orden alfabético, como a mí me gusta. Desbaratarlos es cuestión de unos pocos minutos, pero volver a colocarlos en su lugar lleva su tiempo. ¿Quién lo había hecho? Estuve preocupado dos o tres días, pero acabé no dándole mayor importancia al asunto. Hasta que volvió a ocurrir y esta vez sí, allí estaban ellos...
            ––¿Quiénes?, preguntaron a coro los contertulios del Savanna.
            ––Ellos, ya sabéis, siempre son ellos.
            Sonrieron mirándose con complicidad. Yo procuré cambiar de tema y saqué a relucir la última antología de la joven poesía española; todos tenían que decir algo al respecto, a todos les parecía un bodrio, salvo al único poeta de la tertulia incluido en ella. A la salida, discretamente, me pasaron una tarjeta con la dirección de un psiquiatra: “Es muy bueno, a mí he ha ido muy bien”.
            Pero en materia de salud mental yo soy de los que se automedican. De vez en cuando me tiendo en el diván y juego a psicoanalizarme. Me va bastante bien y el tratamiento es gratis. Pero no intento comprenderlo todo. Hay cosas que pasan y carecen de explicación. A fin de cuentas, la realidad no necesita ser verosímil.


Sábado, 4 de febrero
UN CUENTO

“¿Pero todo eso que cuentas es verdad?”, me pregunta algún despistado que ignora mi falta absoluta de imaginación.
            Sonrío. Hay cosas de las que solo soy capaz de hablar si consigo que parezcan un cuento.


Domingo, 5 de febrero
TURBINA EN ESTERCOLERO

El último sábado le di un contundente bastonazo al último libro de Jon Juaristi, irritado por el que me parecía desprecio del autor hacia su propio talento y hacia los lectores. Un amigo común, Ángel Gómez Moreno, me cuenta que Juaristi ha tenido que pasar por el hospital como consecuencia de una caída y mi mala conciencia se acentúa. No sé cómo me las arreglo pero siempre acabo dando palos a los libros de los amigos.
            Pero mi mala conciencia desaparece de pronto cuando leo artículo suyo publicado en ABC. Replica a la reedición de La desfachatez intelectual, el libro de Sánchez Cuenca titulado, una obra que yo comenté elogiosamente. Copio algunos pasajes del artículo: “Como después se demostró, dicho libelo formaba parte de una campaña para establecer una lista definitiva de intelectuales reaccionarios y en consecuencia ajusticiables tras la inminente llegada al poder de una gran coalición de izquierdas encabezada por Pedro y Pablo (doble nombre, por cierto, de una famosa cárcel de San Petersburgo). Luego las cosas no salieron como esperaba el autor, pero Sánchez Cuenca no se hizo el harakiri, que habría sido el único gesto honorable en su indecente vida de soplona”.
            Otro parrafito: “Pero lo que parece ya verdaderamente escandaloso es la permanencia de semejante membrillo al frente de un instituto financiado por la Universidad Carlos III y la Fundación Juan March, desde donde ejerce de turbina en estercolero. Ni una ni otra institución necesitan seguir pagando impuesto revolucionario a un detrito tóxico del zapaterismo. Por mi parte, suspendo cualquier relación personal con ambas hasta que cierren el grifo de las subvenciones al chiringuito de marras, e invito a los demás insultados por Sánchez Cuenca (y a la gente decente en general) a hacer lo mismo”.
            Sobran los comentarios. Solo una aclaración para quienes no hayan leído La desfachatez intelectual: los insultos del autor, las delaciones que le permiten a Juaristi hablar de “su indecente vida de soplona”, se limitan a citar párrafos de los artículos de Savater, Azúa, Prada, o Juaristi (el que a menudo resulten sonrojantes no es culpa de Sánchez Cuenca).


Miércoles, 8 de febrero
APRENDO A SER COMEDIDO

Comento el artículo de Juaristi con un amigo y a él no le parece tan grave. “Más o menos, eso mismo es lo que haces tú con el bueno de Javier Fernández. Pero todos vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Afortunadamente, la mayoría no piensa como tú, que de literatura sabrás mucho, pero que en política no das una en el clavo. Mira lo que dicen hoy los periódicos”. Y me alarga El País, últimamente mi monstruo favorito, abierto por una página en la que, en la parte superior, se lee en grandes letras: “El PSOE es el único de los grandes partidos que sube”. Y en La inferior, a la derecha: “Javier Fernández se estrena con nota al frente de los socialistas”.
            “Lee, lee, y cuando vuelvas a hablar de Javier Fernández en tu diario pide disculpas por el mal trato que le diste cuando por el bien de España dio una patada en el trasero al guaperas al que unos cuantos millones de despistados aupasteis con vuestro voto”.
            Y yo leo, leo y me entero de que los cuatro grandes partidos siguen manteniendo, más o menos, el mismo porcentaje de votos que en las últimas elecciones, salvo el PSOE, que del 22.7 ha pasado al 18,6 que le dan ahora las encuestas y de encabezar la oposición a ocupar el tercer puesto. Y este batacazo se debe a una operación –Cebrián y González de por medio– supuestamente motivada por el mal resultado electoral. Parece que les ha salido el tiro por la culata. Los de Podemos hicieron todo lo posible por superar al PSOE en las elecciones y no lo consiguieron. Pero en esto llegó Javier Fernández, y sin que ellos tengan que hacer ningún esfuerzo (están enredados en la guerra interna) les regala ese codiciado sorpasso. No me extraña que esté entre los preferidos por los votantes (salvo los de su partido, por cierto). Ocupa el puesto que durante varios años ocupó Rosa Díez. Pero yo no pienso hablar mal de él. Me respeto demasiado como para convertirme en un insultante Juaristi o en un Azúa. Me limitaré a expresar mi deseo de que cuando, más pronto que tarde, se vaya como Rosa Díez al rincón de los juguetes rotos no se lleve con él, como hizo ella, a su partido.


Jueves, 9 de febrero
EN PIAZZA DEL DUOMO

No sé por qué me acordé de aquel domingo, sin nada que hacer, en la vieja ciudad provinciana, dándole vueltas a la Piazza del Duomo, sentándome algún rato al sol en la gradas de la Fontana dell’Elefante. Se me acercó un hombre que me dijo algo en una lengua que no entendí, luego cambió al italiano. Al parecer había perdido un manojo de llaves. "Debieron caérseme por aquí. Estuve sentado ahí al lado. ¿No las ha visto usted?" Las vi entonces, medio escondidas por un viejo periódico. Se las señalé y, para demostrarme su alegría, quiso invitarme a tomar algo. Se notaba que estaba solo y tenía ganas de charlar. Pero yo me encontraba en uno de esos momentos de misantropía en que no me apetece hablar con nadie, ni siquiera conmigo. Me disculpé amablemente y seguí allí, medio aletargado, como si no hubiera ayer ni mañana. Y entonces ocurrió lo inesperado. Recordé el título de André Maurois: Siempre ocurre lo inesperado. El mimo que con sus aros y su bombín había estado haciendo una función de circo callejero al otro lado de la plaza terminó su función, recogió sus trastos y, cuando me quise dar cuenta, lo tenía plantado ante mí. "¡Quién me iba a decir que le iba a encontrar aquí, profesor!" Llevaba la cara pintarrajeada de blanco. Aunque no la llevara, seguro que no le habría reconocido. No soy muy buen fisonomista. Pero no era un alumno y no tardé en reconocerle. Vivía en un piso compartido en la parte alta de la ciudad. Le acompañé hasta allí y mientras se quitaba el maquillaje y se vestía de civil, yo me dediqué a curiosear los libros que llenaban una de las paredes. Me entretuve hojeando un volumen de cuentos de Giovanni Verga (había estado en su casa-museo, en Vía Santa Anna, muy cerca del Duomo) y al ir a devolverlo a su sitio algo me llamó la atención, medio escondido tras los libros. Era una pistola, o un revólver, yo no sé la diferencia, y no parecía de juguete. Lo tomé en las manos, inconscientemente, sin saber muy bien lo que hacía, y en ese momento apareció Marco en la habitación, recién duchado. La sonrisa que yo conocía tan bien desapareció de inmediato. Con un grito se abalanzó sobre mí y me quitó la pistola. Luego los dos nos quedamos callados, sin saber qué hacer ni qué decir. "La encontré sin darme cuenta", dije yo. "Debe de ser de algún compañero de piso", dijo él. "Aquí es rara la gente que no guarda un arma en casa, declarada o sin declarar, por lo que pueda ocurrir". No se volvió a hablar del tema, pero yo no me encontraba a gusto. Comimos en una trattoria cercana y luego yo tenía que pasar por el hotel, no le dije cuál era, no quise que me acompañara y no le volví a ver. A veces lo lamento.