domingo, 19 de noviembre de 2017

Acción de gracias: Historias con fantasmas


Domingo, 12 de noviembre
EL VINO DEL ESTÍO

Salgo de ver La librería, la lenta, tontorrona y femenina (en el peor sentido de la palabra, en el que tenía cuando había páginas “femeninas” en los periódicos) película de Isabel Coixet y es otra película la que comienza a formarse en mi imaginación mientras cruzo el parque de Los Prados de vuelta a casa.
            El misántropo protagonista de la historia está deseando leer El vino del estío, de Ray Bradbury, pero muere antes de recibir el paquete en que su amiga la librera se lo enviaba. Yo lo leí fascinado, hace muchos años, y no he podido olvidar el comienzo: “Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en la cama. El verano se adivinaba en el aire, el aliento del mundo era largo, tibio y perezoso. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que este era realmente el tiempo de la libertad y de la vida, que esta era la madrugada primera del verano”.
            Toda la magia de los veranos de la infancia está en ese libro. Ahora, mientras camino por Los Prados, me levanto con Douglas, el protagonista; subo, sin hacer ruido, hasta lo más alto de la casa, y allí, ante la ventana abierta en la oscuridad, espero el momento preciso, luego aspiro profundamente y soplo. “Las luces de la calle se apagaron como velas en una tarta negra”, recuerdo bien la frase del libro. Luego soplo suavemente una vez y otra vez y las estrellas comienzan a desvanecerse. Apunto con el dedo: allí, ahora aquí, y aquí… Las ventanas de las casas del pueblo se fueron recortando en la oscuridad. A continuación dije: “Mamá, papá, hermanito, despertad, es la hora”. Comenzó a oírse el apagado rumor de los despertadores. El reloj del Ayuntamiento retumbó sobre el pueblo. Los pájaros empezaron a cantar en los árboles. Como un director de orquesta, apunté hacia el este y el sol, obediente, comenzó a levantarse.
            Douglas cruzó los brazos y sonrió con una sonrisa de mago. Sonreí yo también, director de orquesta del universo en la primera mañana de un verano que no ha existido nunca, salvo en las páginas de un libro y en mi imaginación.
            Al llegar a casa, de la película de Isabel Coixet ya ni me acordaba, pero le estaba agradecido por su inesperado regalo.       

  
Lunes, 13 de noviembre
FABIO, LAS ESPERANZAS CORTESANAS

¿Qué tienen en  común la “Epístola moral a Fabio”, del capitán Andrés Fernández de Andrada, y la nueva campaña publicitaria de Toyota? Pocos saben que el eslogan “Conduce como piensas”, que promociona el Toyota Hybrid, está inspirado en uno de los endecasílabos del poema clásico: “Iguala con la vida el pensamiento”.
            Conduce como piensas, esto es, compórtate –condúcete– de acuerdo con tus creencias.
            Una epístola moral y una campaña publicitaria moral. Así se explica en la página oficial de la compañía: “Conduce como piensas es una actitud, es ser consecuente con nuestros pensamientos y actos. Esta campaña de Toyota es una invitación a reflexionar, a hacernos más preguntas que respuestas y a abrazar el cambio para mejorar y cuidar el mundo en que vivimos”.
            En uno de los Mupis que promocionan el Toyota C-HR, leo “¿Qué piensas de la libertad de expresión? Si estás en contra, no contestes”.
            Me gusta la publicidad creativa –y más si se inspira en la poesía del siglo de Oro–, pero en este caso creo que se pasan un poco. Esa sorprendente reflexión yo la superpondría a un retrato de Nicolás Maduro y la utilizaría mejor para anunciar La Sexta.
            “Enseñar es mi manera de aprender” dice un aforismo de Enrique Baltanás que a mí me gusta repetir. La verdad es que, como profesor de “Literatura y publicidad”, estoy aprendiendo muchas cosas. Voy a acabar haciéndole la competencia a mi amigo el poeta Fernando Beltrán, maestro en la materia. Hace unos días, por cierto, comentamos en clase su poema “Los lápices de Ikea” junto al catálogo de este año.


Martes, 14 de noviembre
NOVELA EPISTOLAR

Felipe Boso, poeta experimental de los años setenta, traductor de poesía alemana, no solo guardaba todas las cartas que recibía, sino además copia de todas las que enviaba. Por eso ahora se ha podido editar un monumental volumen con su correspondencia y la de sus corresponsales.
            Yo me escribí con él en la época de Jugar con fuego, y aquí están las cartas que nos intercambiamos. No sé me ocurre leerlas, por supuesto, pero si hojeo el volumen acá y allá, y lo encuentro lleno de noticias curiosas y divertidas maledicencias.
            Quizá, o sin quizá, Felipe Boso no fue un poeta destacado (yo creo que la poesía experimental, en gran media, sirvió de refugio a mediocridades), pero se carteó con todo el que significaba algo en su momento y este volumen, de poco afortunado título (Mi jaula es una celda), vale como retrato de una época, como una entretenida novela colectiva que puede abrirse por cualquier página y nunca nos defrauda.


Miércoles, 15 de noviembre
UN ENCUENTRO EN SEVILLA

Al final del coloquio sobre diarios más o menos íntimos, celebrado en el antiguo convento de Santa Clara, muy cerca de la Alameda de Hércules y de la Casa de las Sirenas donde jugaba de niño el torero Belmonte, una pregunta del público.
            ––Usted ha dicho que el diario es un género de no ficción, que usted se limita a contar lo que le pasa, que no inventa nada, pero muchas veces nos cuenta historias de fantasmas, ¿no le parece eso contradictorio?
            Mientras me hacen la pregunta observo que por la puerta al fondo de la sala entra un rezagado. Lleva sombrero, corbata, un traje de buena factura, como un señorito sevillano de otro tiempo. Creo reconocerle.
            Así vestía la última vez que nos vimos, en la Academia Sevillana de Buenas Letras, durante un homenaje a Cernuda. La primera vez fue hace unos cuarenta años. Acababa de publicar su primer libro de versos, con prólogo de Francisco Brines, y yo, con mi impertinencia habitual, le señalé algunos errores métricos. No se lo tomó a mal, todo lo contrario, le entusiasmaban esas cuestiones.
            Me solía enviar sus poemas antes de publicarlos y me recomendaba a algún nuevo poeta que había descubierto (le gustaba hacer de maestro). Nos distanciamos, no sé por qué razón, y yo le dediqué un artículo bastante cruel, según mi estilo, que se publicó creo que en La Razón. Nos reconciliamos –o eso creí yo– durante el homenaje a Cernuda. Murió muy poco después. Y un amigo –siempre hay buenos amigos para estas cosss– me mostró lo último que había publicado en su blog: un ripioso romance contra mí y contra otro de sus primeros amigos, Abelardo Linares, a quien el día de nuestro encuentro en Sevilla –hace cuarenta años– me presentó como “el mejor poeta joven que hay hoy en España, aunque aún no ha publicado nada”.
            Estoy deseando que termine el coloquio para acercarme a saludar al caballero del fondo. Pero antes de que termine veo que se levanta, me hace un gesto de despedida y sale lentamente.
            Si creyera en fantasmas, diría que es Fernando Ortiz que ha venido a disculparse por el desafortunado romancillo. Pero de sobra sabe que no hace falta, que yo tendría muchas más impertinencias de las que disculparme.
            Quizá se ha ido antes de acabar porque no le gusta andar saludando a unos y otros y cada vez detesta más la vida literaria. 


Jueves, 16 de noviembre
LAS NAVES DEL TESORO

Ayer estuve en Valencina de la Concepción, visitando las naves en que mi amigo Abelardo Linares guarda su fabuloso tesoro. Si alguna vez me pierdo por Sevilla, que me busquen por estos inagotables corredores. Nada más llegar, me enseña su más reciente adquisición: una colección de la revista Electra, de la que tanto hablan todos los manuales de literatura, pero que pocos han tenido la suerte de tener en sus manos.
            “Para la admisión y revisión de los originales que se nos remitan –leo–, han quedado constituidas, por ahora, las siguientes secciones.
            Cuentos, Novelas y Teatro, a cargo de D. Ramón del Valle-Inclán.
            Crítica, Religión, Sociología, Política y Actualidades, a cargo de D. Ramiro de Maeztu.
            Versos, a cargo de D. Francisco Villaespesa.
            Secretario de la Redacción, D. Manuel Machado”.
            Unos números después de la sección de Crítica, Religión y Sociología se ocupa Pío Baroja.
            Estamos en 1901. La literatura española pasa por este puñado de jóvenes que se agrupan en torno a Galdós.
            El primero de “Los poetas de hoy” que publica en la revista es Antonio Machado. Aquí y allá asoma el poeta de Soledades, con sus fuentes, sus limoneros y sus melancolía, pero titubeante entre versos torpones. Su hermano, en cambio, ya nos ofrece, sin el menos titubeo, uno de sus mejores poemas, el espléndido “Felipe IV”, que aquí lleva el subtítulo “Retrato de la época”, que desaparecería en las ediciones posteriores.
            Pero en esta prodigiosa cueva del tesoro, guiado por la mano sabia del mago guardián, basta abrir cualquier revista para hacer un descubrimiento, como el número de Raza, publicado el 12 de octubre de 1927, en que Antonio Machado publica un largo poema “Parábolas”, que no pasaría a ninguno de sus libros (aunque aprovecharía alguno de los versos). Seguía siendo un poeta algo torpón, que necesitaba corregir mucho, nada que ver con la genial capacidad de improvisación de su hermano.


Viernes, 17 de noviembre
OCUPACIÓN BASTANTE


Las interrupciones en la rutina forman parte, y son quizá la mejor parte, de mi rutina. El día de ayer, por ejemplo, soleado y feliz, sin nada que hacer, salvo pasear por la orilla del río recordando el monólogo de don Álvaro (“¡Sevilla, Guadalquivir, / cuán atormentáis mi mente, / noche en que vi de repente / mis breves dichas huir”); atravesar sus blancos puentes; subir a la Torre de los Perdigones para acariciar desde allí la ciudad en la cámara oscura (que a mí, no sé por qué, me trae a la memoria las novelas de Julio Verne y los inventos del TBO); entrar en las iglesias que me salen a cada paso a descubrir Murillos o saludar a enjoyadas vírgenes; fotografiar escaparates pintorescos y sorprendentes trampantojos; recordar viejos tiempos con mi amigo José Luna Borge, que me sirve de guía; encontrarme con un poeta en cada esquina (aquí José Ramón Ripoll, allá Javier Lostalé, a la vuelta el místico José Mateos, con su pinta a medio camino entre vendedor de la Once y Freddy Krueger); discutir con este y con aquel y, en fin, no hacer nada, que para mí es, como para Cernuda, ocupación bastante.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Acción de gracias: Comer lentejas


Sábado, 4 de noviembre
DÓNDE ESTABAS TÚ

Cuenta una anécdota –quizá apócrifa– que cuando Nikita Kruschev pronunciaba, en febrero de 1956, su famoso discurso ante el congreso del partido comunista denunciando los crímenes de Stalin, una brusca voz le interrumpió: “¿Y dónde estabas tú, camarada Kruschev, cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?”.      Kruschev se detuvo, recorrió con su mirada la enorme sala, los cientos de cabezas expectantes, y luego suavemente dijo: “Agradecería a quien ha formulado esa pregunta tuviera la bondad de ponerse en pie”.
            Esperó unos minutos, nadie se levantó: “Muy bien, ya tienes la respuesta, seas quien seas. Yo estaba exactamente en el mismo lugar en el que tú está ahora”.
            Me gusta imaginarme que yo me habría levantado, pero no estoy nada seguro.


Domingo, 5 de noviembre
LÍNEAS AL VUELO

Ser tan rutinario tiene sus ventajas: Cualquier mínimo cambio se convierte en una aventura.
            Voy por la mañana a Gijón, media hora escasa de autobús, y antes de encontrarme con los amigos que me acompañarán a ver un par de exposiciones, me doy un paseo por la playa de San Lorenzo, entre lluvia y sol, casi desierta, con el arco iris a un lado sobre la iglesia de San Pedro. Corretea un grupo de surfistas, algún perro pasea a su amo, las siluetas se reflejan en los charcos que ha dejado la marea. Esta plácida mañana de domingo sabe a de verdad a domingo, a infancia y lejanía.
            La exposición dedicada a la ilustración y al diseño gráfico asturiano, Líneas al vuelo,  llena varias salas del Antiguo Instituto. Se clausura hoy y por eso he roto mi costumbre dominical del paseo por el Fontán y el Campillín.
            Abarca poco más de medio siglo: las últimas décadas del XIX, las primeras del XX, hasta 1937, cuando Gijón cae en manos franquistas. Ilustraciones de viejas revistas, carteles de fiestas, portadas de libros, vitolas de puros: arte aplicado, el que yo prefiero. Un viaje en el tiempo, desde los años del Madrid Cómico, con sus prohombres cabezones en la portada, hasta los clarines contra el fascismo en los días de la guerra civil. En medio, las nostalgias burguesas de Blanco y negro, las portadas de El cuento semanal, las postales entre el folclore y la picardía que firman Valle o Piñole.
            Volutas lánguidas del modernismo, nítidas geometrías de los años treinta. Arte utilitario, arte al servicio de la cotidianidad, una espléndida lección de la historia que no suele aparecer en los libros de historia.
            Y de pronto, como inesperado fin de fiesta, Nueva York, el Nueva York de Paul Morand ilustrado por Vaquero Palacios. No conocía esta edición norteamericana de un libro que yo leí por primera vez, con fascinación adolescente, en la colección Austral.
            Escritor y pintor aparecen en el primero de los grabados ante la línea de rascacielos. ¿Llegaron a conocerse? Joaquín Vaquero Palacios era un joven becario recién llegado a la ciudad; Paul Morand, el escritor de moda, el que supo reflejar como nadie el espíritu de entreguerras. En el blanco y negro de los grabados, las escaleras de incendios, los depósitos de agua, las vías del tren elevado, los anuncios luminosos, las apresuradas gabardinas, los faros de los coches. El mundo del cine negro, el Nueva York que yo llevo para siempre al fondo de la memoria.
            Esta edición ilustrada se publicó en 1930. Yo no había oído hablar de ella. Como vivimos en un tiempo prodigioso, allí mismo, frente a la vitrina, me entero de que en Amazon tienen a la venta un ejemplar usado por catorce dólares. Lo encargo de inmediato. Hablo luego con Abelardo Linares, que lo sabe todo de libros viejos en general y de Paul Morand en particular. No la conocía. Está interesado en reeditar la obra y va a ver si puede utilizarlos. ¿Querría yo hacer el prólogo? Nada me gustaría más.
            Hace un cuarto de hora no sabía que existía este libro ilustrado por Vaquero Palacios. Ya viene de camino hacía mí desde una remota librería norteamericana, ya me ha encargado un editor sevillano que prologue una nueva edición, ya estoy dándole vueltas a mis ideas sobre el Nueva York de Paul Morand, que era también la ciudad automática de Julio Camba y la angustiosa geometría de Lorca.
            El lema de Paul Morand era “vite et bien”, rápido y bien. Es también mi lema y creo que la primera parte la cumplo a la perfección, la segunda me cuesta algo más.


Martes, 7 de noviembre
AYER Y HOY

Me encuentro en un mercadillo el libro Casos comunicantes, que recoge una serie de coloquios sobre la información celebrados en la Casa de Cultura de Avilés en 1983. Asistieron primeros nombres del periodismo de entonces (algunos de ellos también de ahora): Miguel Ángel Aguiler, César Alonso de los Ríos, José Luis Balbín, Rafael Conte, Máximo, Fernando Onega, Peridis, Fernando Savater.
            Qué lejana, casi medieval, nos parece aquella modernidad. Todo eran loas a El País, ejemplo de rigor informativo. Habla Rafael Conte, que entonces dirigía el suplemento “Libros”: “Influencias económicas en El País no existen porque va muy bien y tiene mucha publicidad. Si un editor dice: ‘Voy a contratar una página de publicidad si usted me hace una crítica’, esa es una forma de presión inoperante, porque El País deja todos los días publicidad sin colocar, no le cabe”.
            Qué remota aquella España, donde para recibir información inmediata era necesario salir de casa con un transistor, donde en la mayoría de las provincias los únicos periódicos existentes eran propiedad del gobierno, donde no había más que una televisión.
            Pero no todo ha cambiado: los jueces de la Audiencia Nacional siguen siendo los jueces de la Audiencia Nacional. Tras el coloquio sobre la crónica política, un “obrero metalúrgico de Gijón” –así se presenta– pregunta por qué no se ha hablado del caso Vinader. Yo lo había olvidado por completo. Xavier Vinader era un periodista de Interviú que se dedicaba a investigar a los grupos violentos de extrema derecha y a las fuerzas parapoliciales que actuaban en el País Vasco. Tras publicar varios reportajes sobre el tema, ETA asesinó a dos de las personas mencionadas en ellos y como consecuencia el periodista fue procesado, se exilió Francia, acabó entregándose con la promesa de un juicio justo. Se le condenó a siete años de cárcel por “imprudencia temeraria profesional con resultado de dos asesinatos”. Hubo una gran campaña a su favor. Terminó siendo indultado por el gobierno de Felipe González.
            No conocía el libro, pero sí asistido a los coloquios. Mientras lo leo ahora, unas veces viajo a la España ilusionada del primer gobierno de González y otras soy el joven de entonces que se asoma sorprendido al cada vez más amenazante presente de ahora.


Miércoles, 8 de noviembre
POR QUÉ SOY TAN ANTIPÁTICO

No pensaba asistir a la presentación del premio Ángel González de investigación literaria, pero me entero de que allí estará Gabriele Morelli, el hispanista italiano, al que me gustaría saludar. Le leo y le admiro desde hace años y me alegra poder charlar con él por vez primera. Me cuenta cómo conoció a Neruda. Era todavía estudiante y preparaba un trabajo sobre Miguel Hernández. Un profesor se lo contó a Neruda, entonces en Milán, y este le invitó a cenar para hablarle del poeta. Ahora está preparando una antología de la poesía política de Neruda.
            No pensaba asistir porque sospecho que a los responsables de la Cátedra no les resultó demasiado simpático, y tienen sus razones para ello. Soy un poco aliens en el mundo universitario: carezco del espíritu de cuerpo, de la solidaridad gremial, no practico el habitual intercambio de favores. Si el primer premio Ángel González de investigación (El sujeto boscoso, de Vicente Luis Mora) era un indigesto bodrio, pues yo no tengo inconveniente en señalarlo así; si en la revista que publican aparece un artículo poco afortunado de algún hispanista norteamericano, pues no dejo de subrayarlo en la reseña correspondiente.
            Ya sé que esas cosas no se hacen: que la crítica académica es un intercambio de flores y gratitudes. ¿Quién va a ponerle peros al libro de un catedrático que mañana puede estar en el tribunal de su oposición? Para entrar en la docencia universitaria es necesario un largo camino en el que  sucesivas pruebas van determinando la capacidad y, sobre todo, docilidad del aspirante. Lo primero que aprende el doctorando es a quien debe adular, con quien conviene tener trato y con quién no.
            Yo soy un cuerpo extraño: trabajaba mientras estudiaba, discutía con los profesores (e incluso en la defensa de la tesis doctoral), seguí otro camino y ahora puedo permitirme el lujo de ir a mi aire. Y lo curioso es que si estoy donde estoy fue precisamente gracias a Ángel González: él conoció mi revista Jugar con fuego, le habló de ella a Jesús Neira, que había sido profesor mío; su mujer, Rosario Neira, que también me había dado clase, sabía que había una vacante de interino, hizo gestiones para dar conmigo, logró enterarse de la aldea perdida en que yo daba clases, me escribió, llegué a tiempo de presentar mis papeles y etc, etc.
            La verdad es que es un lujo llevar cuarenta años en la universidad y poder seguir a mi aire, al margen del más o menos mafioso gremialismo. Algo tiene que ver el carecer de ambiciones y conformarme con el último puesto del escalafón.


Jueves, 9 de noviembre
CASAS DE ACOGIDA

Primero, cuando no tenía dinero para comprar libros, mi casa fueron las bibliotecas públicas; luego, las bibliotecas y las librerías. No todas. Hay algunas frías y distantes, funcionariales, en las que solo se entra para pedir un libro concreto. En las que yo prefiero, se entra también para pasar el rato, para estar a gusto, aunque luego siempre salga uno con algún libro que le estaba esperando y que ni siquiera sabía que existía.
            Solitario en alguna ciudad extranjera, entrar en ellas era como acogerse a un refugio, a una embajada del reino remoto de la felicidad.
            Recuerdo ahora la Feltrinelli de Catania, en la Via Etna, las frías tardes de invierno, o el Barnes & Noble, de Union Square, escenario de tantas jornadas de felicidad, o la cotidiana Cervantes. Hoy añado la Casa del Libro, en Gijón, que había frecuentado poco: cruzo la puerta y es como si entrara en un laberinto sonriente en cuyo centro no acecha ningún Minotauro, sino que aguarda un inagotable tesoro.


Viernes, 10 de noviembre
MI PLATO FAVORITO

Recordaba hace poco una anécdota de Kruschev y hoy me la encuentro en un libro de Anthony de Mello. Junto a ella, esta otra.
            Estaba un día el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía muy lujosamente gracias a su costumbre de adular a los poderosos.
            ––Si aprendieras a ser sumiso al rey –le dijo Aristipo–, no tendrías que conformarte con esas lentejas.
            ––Si aprendieras a comer lentejas –le replicó Diógenes–, no tendrías tú que besarle la mano, y lo que haga falta, al rey.




sábado, 4 de noviembre de 2017

Acción de gracias: No acaba aquí la historia


Sábado, 28 de octubre
QUIEN MANDA, MANDA

¡Qué poco dura la alegría en la casa del pobre! Ayer, por fin, y contra trancas y barrancas, había triunfado la democracia en Cataluña y hoy el león español, de un zarpazo, ha derribado todo el ilusionado castillo de naipes.
            ––De naipes, Martín, tú lo has dicho. No nace un nuevo Estado por mera voluntad de los ciudadanos. Necesita un ejército que lo sostenga. Propio o ajeno. En Crimea es ruso; en Letonia, las fuerzas de la OTAN, o sea, Estados Unidos.
            ––Ayer escuché, y por Radio Nacional de España, la votación de la independencia. Ya fue un logro que se celebrara. Me emocionó escuchar, al final, el canto de “Els segadors”. Temía que los locutores de Radio Nacional apostillaran la transmisión con alguna broma hiriente, con alguna de esas patochadas a que nos tiene acostumbrados estos días la prensa patriótica, o sea, todo la prensa española. Pero no, fueron respetuosos, buenos profesionales, y yo pensé en que representaban a una España mejor, de la que siempre formará parte Cataluña.
            ––Va a resultar que, después de tanto llevar la contraria, tú también eres contrario a la independencia.
            ––Ni contrario ni a favor. No es asunto mío. Contrario si la mayoría de los catalanes quieren seguir formando parte del Estado español; partidario, si desean formar un Estado propio.
            ––Lo segundo no ocurrirá nunca. Hasta ahora, para que eso no ocurriera, se aplicó la política del palo y la zanahoria. A partir de ahora se aplicará solo la política del palo, mucho más eficaz. No hay nada que negociar cuando cada una de las partes tiene su parte de razón, pero solo una de las partes tiene toda la fuerza.
            ––¿Y no vale de nada ganar una y otra vez las elecciones?
            ––De nada.
            ––Qué triste.
            ––Mañana, los españoles vamos a llenar las calles de Barcelona armados solo con la bandera rojigualda. No necesitamos más armas. Bastantes tiene la guardia civil y, si hiciera falta, el ejército. Pasado tendremos a Puigdemont en la cárcel o mendigando asilo político en el extranjero. Es lo que hay, Martín, es lo que hay. Te has apuntado al bando equivocado. Presumes de inteligente y, en cuestiones políticas, siempre metes la pata. Apostaste por Pedro Sánchez y ahí le ves, otra vez bajo el ala aleve de González y Guerra, formando el tripartito del que tanto renegó. No me extrañaría nada que mañana domingo su hombre en Cataluña se hiciera un selfie con la Pasionaria de Ciudadanos y el matón del PP, rodeados todos de banderas al viento.
            ––No acaba aquí la historia. En diciembre hay elecciones.
            ––El que no se consuela es porque no quiere. No te preocupes, que si el resultado no es el que tiene que ser ahí estarán los tribunales correspondientes anulándolo y procesando e inhabilitando a quien haya que procesar e inhabilitar.
            ––Qué triste.
            ––Será triste para ti. El resto de los españoles estamos contentos como unas castañuelas con la humillación de Cataluña, más contentos que si el Madrid derrotara al Barça por veinte a cero. Que es lo que ha ocurrido, gol arriba o abajo.


Domingo, 29 de octubre
CÓMO ME GUSTA VERME

Si no hubieras sido tú, ¿quién te habría gustado ser? Eres nervioso, irritable, un crítico malintencionado, das clase en la Universidad… Seguro que el temido Clarín.
            ––A veces pienso que soy su caricatura. Pero a mí me gustaría más parecerme a Feijoo, que llegó casi a los noventa años, que no conoció las delicias del matrimonio, que estaba al tanto de todo el movimiento intelectual de Europa, que se dedicó a combatir los errores comunes, que polemizó con este y con aquel, que le gustaba saberlo todo, discutir con todos. Una vida feliz la suya, al menos tal como yo entiendo la felicidad. Ciudadano libre de la República de las Letras, se definió; caballero andante de la razón y el sentido común, le definiría yo y me gustaría definirme a mí.
           

Lunes, 30 de octubre
DE HOY NO PASA

Llego a Tudela Agüeria un atardecer neblinoso. El taxista me deja frente a un OSCURO pabellón, que me hace pensar en el Hangar 1, donde se guardan los expedientes de la MUFO sobre ovnis.
            Me maquillan, me pone el micrófono y me dicen que mi entrevista será dentro de cuarenta minutos y que, mientras tanto, puedo esperar en la cafetería. ¡Cuarenta minutos! ¿Y qué hago yo en todo ese tiempo? No me he traído ningún libro, escribir haikus o aforismos ya me aburre, los periódicos del día los tengo leídos. Salgo un momento fuera y el fosco panorama parece el escenario perfecto para una película de terror (o para la aparición de una nave alienígena). Comienzo a lamentar haber aceptado esta invitación a hablar de mi último libro en un magazine de la televisión regional. Todo sea por la promoción.
            En el televisor de la cafetería tienen conectado el programa que me ha traído hasta aquí, De hoy no pasa, y en este momento están entrevistando a unos de los personajes que me preceden: un niño de ocho años que ha escrito un libro. Habla con tanta gracia y desparpajo que en seguido se me quita el aburrimiento. Pregunto si puedo esperar en el plató. Y puedo. Qué maravilla. El mal humor se me va de inmediato. Allí, a un lado, está Iván el Forajido (eso leo en el monitor) que, en directo, convierte la magia en madera, o la madera en magia, no sé bien; los presentadores hacen sus gracias, disparatan, regalan un jamón a quien responda adecuadamente a una llamada telefónica… Acostumbrado a Netflix y a otras modernidades, un programa como este me devuelve a la televisión de mi infancia.
            Y luego la entrevista comienza citando el prólogo de Enrique Bueres a Sin contemplaciones: “Entrevistar a José Luis García Martín es como bajar al infierno”. Y a partir de ahí todo es puro surrealismo. Yo lo paso muy bien, no sé los que me vieran, si alguien me vio.
            El viaje a Tudela Agüeria fue como un viaje en el tiempo. ¿Sirve para que se venda algo más mi libro? Lo dudo mucho. Y yo lo siento por el editor, no por mí. No soy un escritor profesional, no soy profesional en nada. Como me dijo un amigo, y me gusta repetir, yo no trabajo: juego a que trabajo. Quizá por eso me tumbo en la cama cada noche agotado y feliz, como el niño que se ha pasado todo el santo día correteando y enredando.


Martes, 31 de octubre
TODO UN PERSONAJE

Hablo de Campoamor en el salón de actos del Instituto de Estudios Asturianos, entre un crucifijo y la bandera que ahora se ha hecho tan famosa (a alguna gente le ha dado por adornar con ella sus ventanas para españolear un poco). El Instituto de Estudios Asturianos fue una institución de bien ganada fama franquista. Desde entonces se ha aireado bastante, aunque algo queda en la escenografía.
            Tuvo al frente, durante muchos años, a Jesús Evaristo Casariego, un escritor –no desdeñable, por otra parte– que había dirigido el diario falangista El Alcázar y al que se pensó invitar cuando inauguraron en el Fontán una placa que recordaba el paso por aquella plaza de García Lorca y la Barraca. Afortunadamente, alguien avisó a tiempo a los organizadores: “Ni se os ocurre. Va a contar lo que siempre cuenta. Que él estuvo allí durante esa representación y que con otros jóvenes de la Falange o de la Adoración Nocturna se dedicaron a boicotear el acto y a llamar maricón a Lorca”. Don Jesús Evaristo Casariego, director perpetuo del RIDEA, era sí. Recuerdo un artículo suyo a propósito de una conferencia en contra de la marginación de los homosexuales. Se titulaba: “La Universidad cede una cátedra a maricones y tortilleras”. Eran los años ochenta, no lo cuarenta.
            Me imagino que, tras su paso, este benemérito instituto sería desinfectado adecuadamente.


Miércoles, 1 de noviembre
CUENTO DE HADAS

Atraco a un banco en Cangas de Onís. Un thriller a la española. Rehenes, tiroteo, un guardia civil herido, el jefe de la banda que prefiere pegarse un tiro a volver a la cárcel.
            Se llamaba Juan Carlos Sahagún, había nacido en Miranda de Ebro en 1958 y antes de ser un atracador fue un héroe. El 6 de junio de 1970 se arrojó a las aguas del Ebro para salvar a dos hermanos, de 11 y 3 años, que estaban a punto de morir ahogados. Su valentía tuvo premio y resultó seleccionado en la octava edición de la Operación Plus Ultra, organizada por Iberia, la Sociedad Española de Radiodifusión y la Confederación Española de Cajas de Ahorro. A los diez niños premiados se les organizó un viaje de veinticinco días. En Roma los recibió el papa Pablo VI, en Bruselas la españolísima reina Fabiola. A Juan Carlos Sahagún, tras aquel viaje de fábula, se le concedió una beca de estudios. La vida se le había convertido en un cuento de hadas.
            ¿Cuándo cambió de rumbo? Era un atracador profesional, había estado varias veces en la cárcel. De que tenía agallas no hay dudas: se lanzó al agua aquel día de junio, sin pensárselo dos veces, cuando varios adultos miraban y no hacían nada, y dejó salir a los rehenes y luego se pegó un tiro esta mañana en una sucursal de esas antiguas Cajas de Ahorro que le habían premiado paseándole por Europa. Todo un personaje, sin duda. Merece que alguien escriba su historia.


Jueves, 2 de noviembre
RIVI CONTRA CAMPOAMOR

Me cuenta Conchita, de la librería Cervantes, las peripecias que tuvo que pasar para hacerle un homenaje a Campoamor en el teatro que lleva su nombre. “En el Ayuntamiento, me dijeron que encantados de colaborar y luego me pusieron todas las pegas posibles. Pasaron dos meses, tres meses, y no decían nada. Llamamos una vez, otra vez, primero que si los Premios Princesa, luego que si la jefa de protocolo estaba fuera, luego que ni no sé qué, nos hicieron rellenar no sé cuántos papeles, luego unos días antes quisimos anunciarlo y no dijeron que ni se nos ocurriera, que si lo hacíamos nos atuviéramos a las consecuencias, que faltaba por firmar un permiso y el concejal Rivi no encontraba tiempo para ello. Tuvimos que anunciarlo un día antes”.
            ––Y dejaron que el público se mojara frente al teatro, no abrieron la puerta hasta un minuto antes, poco faltó para que tuviéramos que aporrearla –añado yo.
            ––Creí que era una buena idea, pero parece que los que ahora administran el Campoamor odian a Campoamor. No cuentes esto en tu diario, por favor.
            –-No te preocupes, no lo haré. Yo no soy nada vengativo.




sábado, 28 de octubre de 2017

Acción de gracias: Tiempo de historia




Domingo, 22 de octubre
DIVERSIÓN CON BANDERAS

––¿Qué pensaría un estadounidense que llega por primera vez a España y ve las ventanas engalanadas de banderas?
            Estamos en la Avenida de Galicia, cerca del Campo de San Francisco. Hago un rápido de recuento de los pisos con banderas y de los que carecen de ella; recuerdo que en mi barrio hay muchas menos, y saco la pertinente conclusión:
            ––Pues pensaría que los españoles son una minoría en su país, apenas el diez por ciento, y que tienen tendencia a vivir en los barrios más acomodados.



Lunes, 23 de octubre
POR QUÉ ME CONTRADIGO

La historia de España es una de mis pasiones. Creo que la conozco algo mejor que esos patriotas que gustan de enarbolar la bandera para, al menor pretexto, darles en la cabeza con ella a otros compatriotas.
            Me alejo hoy de las turbiedades del presente leyendo el “Diario de un escéptico”, las crónicas parlamentarias que Julio Camba publicó en el diario republicano España Nueva y que acaba de rescatar González Soriano. Me llevan a 1907, al “gobierno largo” de Antonio Maura, el que comenzó con el intento de regenerar España con una “revolución desde arriba” y acabó con el estallido de la semana trágica y la ejecución, el asesinato legal, del pedagogo Francisco Ferrer (ahora a los chivos expiatorios solo se les encarcela).
            En aquellas cortes amañadas, se sentaban Azorín y Galdós, pero no abrieron la boca, como era costumbre entonces y ahora entre la mayoría de los diputados. Unas palabras de Maura, el mismo Maura contra el que Pablo Iglesias llegó a decir que estaba justificado el atentado personal, me sorprenden de pronto y las hago mías.
            A partir de ahora, a quien me reproche que haya retirado, de un día para otro, mi apoyo al actual jefe del Estado, o que escuchar a los actuales líderes del PSOE en esta crisis me avergüence casi tanto como me avergüenzan González, Guerra o Fernández (de quienes también fue ferviente partidario un tiempo), le responderé con las palabras que pronunció, el 27 de noviembre de 1907. el presidente del Consejo, don Antonio Maura y Montaner:
            ––Las contradicciones, cuando son desvergonzadas mudanzas por interés, por ambición, por una sordidez cualquiera, son infamantes como los motivos del cambio; pero si yo alguna vez oyese la voz de mi deber en contra de lo que hubiera con más calor toda mi vida sustentado, en mi conciencia me tendría por prevaricador si no pisoteaba mis palabras anteriores y ajustaba mis actos a mis deberes.


Martes, 24 de octubre
ATARDECER EN LEÓN

Tras las clases de la mañana, paso unas horas en León, donde participo en un coloquio sobre los diarios o dietarios con Antonio Manilla, José Luna Borge y Avelino Fierro.           
            Antes de entrar en la biblioteca Padre Isla (hoy es el día de las bibliotecas y por eso se celebra la charla), me sorprende, a la luz desvanecida del atardecer, una fachada renacentista que no había visto nunca. ¿Roma, o quizá Florencia, en León? La luz y el color de la piedra son italianos, sin duda.
            Pronto me informo de su prodigiosa historia: se trata de una iglesia historicista; tiene mi edad, año más o menos; la construyó en los años cincuenta, don Luis Almarcha, el canónigo de Orihuela amigo de Miguel Hernández, a quien le publicó su primer libro, Perito en lunas y luego le dejó morir, porque vivía en pecado (estaba casado solo por lo civil con Josefina Manresa) en la cárcel de Alicante.
            Las torres son, como yo, de ayer mismo, pero la portada es barroca, de 1711, y procede del monasterio de san Pedro de Eslonza, hoy en ruinas.
            Mientras hablo de la escritura de diarios y me dedico a mi deporte favorito (tratar de demostrar que soy más listo que nadie), no puede dejar de pensar, con asombro y maravilla, en la iglesia, recién descubierta y apenas entrevista por mí, de San Juan y San Pedro de Renueva.


Miércoles, 25 de octubre
MANÍAS PERSONALES

Las diferencias entre patología y normalidad resultan a veces casi imperceptibles, como entre lo soñado y lo vivido en cuanto pasan algunos años. ¿Es normal esta costumbre mía de llevar minuciosa lista de todo? De los pasos que doy para ir desde mi casa hasta el café de siempre; del café de siempre hasta mi casa (dos o tres más, dos o tres menos, rara vez coinciden);  de los amigos que han dejado de serlo, siempre por decisión suya, nunca mía.
            También anoto, como no podía ser de otra manera, la razón de esas rupturas, provisionales o definitivas (aunque no hay alejamiento que no sea provisional hasta que la muerte lo convierta en definitivo).
            Este se enfadó porque lo llamé coloquialmente "facha" (lo hago a menudo), aquel porque conté en un diario que me preguntó cómo me las arreglaba para vivir solo (parece que acababa de dejar a su mujer y no quería que se supiera); unos porque si Cataluña, otros por si mi reseña se entretiene demasiado en los reparos y dedica media línea o línea y media a los elogios... En el fondo, si eran escritores, todos se enfadaban por lo mismo, porque no les valoraba tanto como se valoraban ellos. ¿Y si no eran escritores? La verdad es que nunca he conocido a nadie que se interesara por mí y no se interesara por la literatura (aunque no todos los que se interesan por la literatura se interesan por mí, qué más quisiera).
            Como en el amor, también en la amistad prefiero que me dejen. Evito así la mala conciencia y mi vanidad acude siempre presta a restañar la herida: “No sabe lo que se pierde”.
            Estas cosas --mi manía de apuntarlo todo, el encogerme de hombros cuando me entero de que alguien ha dejado de apreciarme-- deberían sin duda preocuparme un poco más. ¿Convendría que me tendiera en un diván dos o tres tardes a la semana y se lo contara a un psicoanalista? Seguro que me sería útil, aunque no sé bien para qué. Lo apunto, como una posibilidad más de entretener el tiempo cuando me jubile.
            Soy de los que piensan que, mientras yo no deje de quererme, nada está perdido. Y mientras tenga alguien más a quien querer (y nunca me ha faltado), el mundo está bien hecho (no este desastroso mundo, pero sí mi pequeño mundo).


Jueves, 26 de octubre
HISTORIAS DE AYER

Después de la presentación de mi último, o penúltimo, libro, charlo en un café cercano con varios amigos. Hablamos de lo único que se puede hablar en estos momentos. “Antes de una semana –digo yo de pronto– tendremos al ejército patrullando en Cataluña”. “Qué disparate”, dice uno. Otro: “Tú siempre tan agorero”. “Te recuerdo que, como profeta, en política nunca has dado una. Bueno sí, acertaste una, la vuelta de Pedro Sánchez, y ya ves para lo que nos ha servido”.
            Yo sonrío, no digo nada y mientras sigue la conversación, recuerdo aquella tarde en que, tras visitar al pintor James Ensor, Stefan Zweig charla con unos amigos en un café de Bruselas. Es julio de 1914. Uno de ellos afirma, preocupado: “Dicen que, en caso de guerra, los alemanes pretenden abrirse camino a través de nuestro país”. “Qué disparate –le responde Zweig–, aunque Francia y Alemania se exterminaran mutuamente, ustedes permanecerían tranquilos, les amparan los tratados internacionales”. Los belgas discrepan, el escritor austríaco termina la discusión, un poco a mi manera, con un rotundo “¡Tonterías!”. Y luego añade: “¡Que me cuelguen de ese farol si los alemanes marchan sobre Bélgica!”
            Sus amigos, afortunadamente, nunca le exigieron que cumplieran su palabra. Poco a poco las cosas comenzaron a ponerse serias: telegramas del emperador al zar, del zar al emperador, Austria que declara la guerra a Servia. Un viento frío barre las playas de aquel verano. Los turistas dejan en masa los hoteles y asaltan los trenes. Stefan Zweig subió al último tren que pasó de Bélgica a Alemania. A poco de llegar a Herbesthal, la primera población alemana, se detuvo el tren en pleno campo. Todos se arracimaron en las ventanillas para tratar de averiguar qué pasaba. Y lo que pudieron ver fueron varios trenes de carga, los vagones abiertos cubiertos de lonas bajo las que se adivinaba la amenazadora forma de los cañones. Al parar en la estación, el escritor bajó de un salto para ir a comprar algún periódico. Pero un empleado le advirtió que no podía acercarse al edificio de la estación. No necesitó acercarse para oír, por detrás de los vidrios de puertas y ventanas, cuidadosamente cubiertos, el ruido de sables y de las culatas de los fusiles al golpear contra el suelo.
            Pero al llegar a Viena comprobó que allí nadie tenía miedo: una multitud eufórica celebraba en la calle el comienzo de la guerra.


Viernes, 27 de octubre
SIN DAR NOMBRES

Días malos estos para los que no nos dejamos llevar por la histeria patriotera del momento, azuzada incomprensiblemente desde las más altas jerarquías del Estado. “¡Hay que respetar la ley, hay que respetar la constitución!”, oigo gritar a izquierda y a derecha para tratar de justificar el ominoso “¡A por ellos!”
            Y yo me digo, sin ánimo de ser más listo que nadie, que el gobierno quiere aplicar un artículo de la constitución, el 155, desarrollándolo y explicitándolo a su leal saber y entender. Los afectados, que no están de acuerdo con ese desarrollo, recurren al constitucional y el alto tribunal rechaza su recurso. ¿Quiere eso decir que renuncia a su condición de intérprete de la constitución, que le cede al gobierno esa prerrogativa? Yo no soy experto en derecho constitucional, por supuesto, pero sé leer, y sé pensar, y espero que los catedráticos en la materia justifiquen pronto lo que parece una grave ruptura del orden constitucional y no precisamente por parte del gobierno catalán.
            Más de una vez, en este remar contra corriente, en este tratar de poner un poco de sensatez en la borrachera patriótica que nos ahoga, y que no me trae más que antipatías y reproches, he recordado los versos de Cernuda: “Pero el aplauso humano tú nunca lo buscaste / y menos cuando fuera su precio una mentira”.
            En realidad, yo, menos arisco que Cernuda, sí busco el aplauso, pero solo el de los mejores, no el del vulgo municipal y espeso que solo sabe bailar al son que tocan. Y ya llegará. De momento, trataré de ser más cauto, por la cuenta que me tiene, y cuando se me pregunte por el actual conflicto, responder sibilinamente, sin dar nombres: “Unos hacen historia, hermosa historia democrática, y otros hacen el ridículo doblemente armados”.





domingo, 22 de octubre de 2017

Acción de gracias: Miedo


Domingo, 15 de octubre
VENCEREMOS

Al salir del cine, donde he ido a ver una distraída nadería, Canción de Nueva York, me encuentro con un amigo, eufórico por la marcha de los acontecimientos, que me reprocha mi pesimismo.
            ––¿Qué es eso de repetir “tengo miedo” como un niño asustado, amigo Martín, tú que no tienes miedo a nada? Antes habrás tenido que tenerlo, cuando España iba rodando hacia el abismo mientras Rajoy se fumaba un puro, leía el Marca y repetía que aquí no pasaba nada. ¿Ahora que, gracias a algunos líderes como Albert Ribera, se han tomado por fin las medidas necesarias es cuándo tú tienes miedo? ¿Ahora que el rey ha dejado de ser rey de todos para serlo solo de los verdaderos españoles, la inmensa mayoría, es cuando tienes miedo? ¿No le elogiabas tú por ser muy distinto de su padre? Pues ya ves, hasta en eso ha demostrado ser distinto. Los buenos españoles, amparado por el rey, los jueces, las fuerzas de orden público, el ejército y toda la inmensa fuerza del Estado ya no tenemos que tener miedo. Por fin se ha hecho caso al líder de nuestro partido, por fin se va a poner en marcha el artículo 155, ese artículo que muchos dicen no tener muy claro, pero que el líder de Ciudadanos tuvo muy claro desde el principio. Permite algo tan sencillo como destituir al actual gobierno de la Generalitat y convocar elecciones. Los que envenenaron al pueblo se irán a su casa o a la cárcel. Y en esas nuevas elecciones no votarían solo los catalanes. ¿De qué servirían entonces? La inmensa mayoría de ellos han sido envenenados por décadas de educación intoxicadora y volvería a votar a los mismos o quizá a otros peores. Habríamos hecho entonces un pan como unas hostias. En las próximas elecciones catalanes, tienen que votar todos los españoles. Y si la ley no lo permite, se cambia la ley, que para eso tenemos mayoría en el Congreso y un Tribunal Constitucional formado por patriotas a los que no es necesario decir lo que hay que hacer para que hagan lo que hay que hacer. Ya ves que hasta ese Pedro Sánchez, que tú tanto defendiste, en una situación como esta ha bajado la cabeza y susurrado “a mandar”. Y es que es un patriota, como todos los buenos españoles, con su rey al frente.


Lunes 16 de octubre
NO AMANECE

El día de hoy parece que no quiere amanecer. Me levanto a la hora de costumbre: es de noche. Me siento al ordenador a escribir la reseña de esta semana y cuando termino compruebo que sigue siendo de noche. Miro el reloj por si está estropeado. Pero funciona perfectamente y marca las once. Me asomo a la terraza: una luz amarillenta, enfermiza, lo cubre todo. Comienzo a asustarme. Pienso por un momento (siento, más bien, sin pensar) que es un aviso de los cielos ante los malos tiempos que se avecinan para toda la “espaciosa y triste España”.
            Es tal mi supersticiosa congoja que, cuando pongo la radio y escucho las noticias, siento un cierto alivio. No se trata de una señal del fin de los tiempos, del fin de la democracia en España y el comienzo de una época de violencia e incertidumbre. Es algo más natural, aunque trágicamente criminal: la coincidencia de varios incendios forestales, al parecer intencionados. Luego, cuando me entero de su dimensión, mi preocupación aumenta, pero es de distinto signo.
            La oscuridad del día, su lastimosa luz, no es anuncio del Apocalipsis. ¿O lo es también? Recuerdo la frase de Pessoa: todo es símbolo y alegoría.


Martes, 17 de octubre
METEDURAS DE PATA

En un número de la Revista de Occidente (septiembre de 1967), leo un pormenorizado y ponderado elogio que Antonio Elorza (primero fue comunista, luego militó en las filas de Rosa Díez y hoy es uno de los paladines intelectuales del antinacionalismo y el antiislamismo) hace de la revolución cultural china. Termina con esta frase: “Como el viejo Yukong de su célebre relato, Mao Tse-Tung se propuso hace ya tiempo, seguido por las masas trabajadoras, acabar con las dos grandes montañas –el feudalismo y el imperialismo– que pesaban sobre el pueblo chino. En la problemática situación en que hoy se encuentra, tal vez fuera la revolución cultural, el único camino objetivamente adecuado para proseguir aquella tarea”.
            Claro que es muy fácil juzgar los errores ajenos a medio siglo de distancia. Entonces los mejores intelectuales de Europa estaban fascinados con la bárbara estupidez de la llamada –en llamativo oxímoron– “revolución cultural”.
            ¿De qué tendré que arrepentirme yo cuando pase el tiempo? Ya me avergüenzo cada día de haber votado a un tal Fernández, pero por mucho que deteste a los traidores y me guste exagerar, debo reconocer que mi metedura de pata no puede compararse a haber sido paladín intelectual de los delirios maoístas.


Miércoles, 18 de octubre
MENUDO HONOR

¿Qué siente uno cuando se ve convertido en personaje de novela? El protagonista de El rinoceronte y el poeta, de Miguel Barrero, es un experto en la obra de Fernando Pessoa, profesor en una universidad de provincias, no muy apreciado por sus colegas, que vive solo, que visita todos los años Portugal, que tiene más de sesenta años, muy apegado a sus costumbres, que recuerda con emoción el 25 de abril, que nunca ha sentido necesidad de “compañía femenina” (parece que tampoco masculina) y etc., etc.
            Me veo completamente reflejado. Las obras suyas que se citan no son en cambio mías: una edición de El libro del desasosiego y la antología El poeta es un fingidor. Esos títulos son de Ángel Crespo (según aclara la nota final), pero el investigador que un verano viaja a Lisboa llamado por el mayor especialista mundial en el poeta de los heterónimos que quiere revelarle un secreto, soy yo.
            ¿Me halaga esta identificación? Por supuesto, salvo en un pequeño detalle: además de solitario, maniático y etc, etc, el protagonista de la última novela de Miguel Barrero es tonto, completamente tonto. Y esa tontería –que se manifiesta en todos los pequeños detalles de la trama– no es accesoria: sin ella lo que la novela tiene de novela, que no es demasiado, carecería de sentido.
            El gran secreto que el prócer luso le revela es que Pessoa nunca existió (o que existió, pero fue un simple oficinista aficionado al alcohol),  que toda su obra se debe a un grupo de escritores confabulados para dotar de sentido a la profecía de un Quinto Imperio cultural. La ocurrencia no es nueva: José Ángel Cilleruelo la desarrolló en un cuento publicado hace  años. Lo que es nuevo es que mi tontorrón alter ego la dé por buena sin ninguna prueba y sienta que ha dedicado su vida a una farsa. ¡Sí, menuda farsa de investigador que estaba hecho! ¿Pero no había visto los manuscritos de Pessoa, las cartas a las que adjuntaba poemas mucho antes de ser conocido, no comenta incluso el narrador su primera cuarteta, escrita a los siete años? ¿También eso fue falsificado?
            En fin, que el honor de ser protagonista de una novela queda un poco empañado cuando ese protagonista es un pobre majadero. Mi modestia habitual (más falsa que Judas) me lleva a añadir que a lo mejor es que también yo lo soy y aún no me he dado cuenta.


Jueves, 19 de octubre
EL HUEVO DE LA SERPIENTE

En la feria del libro viejo de Madrid, compré el Viaje a México de Paul Morand, traducido y prologado por Xavier Villaurrutia. Me fascina desde las primeras páginas. Parte de Saint-Nazaire en uno de los barcos correos de la Trasatlántica. Estamos en el año 1927. En las escalas españolas –Santander, Gijón, La Coruña– “como una ventosa el barco acaba de aspirar a los emigrantes vascos, asturianos, gallegos para depositarlos en los campos de caña de azúcar. Llegan a nuestro encuentro, en plena noche, de pie sobre las barcas, semejantes a los condenados de los primitivos flamencos; otras barcas los siguen, llenas de naranjas alumbradas por una bujía”.
            Paul Morand es un incansable “juglar de imágenes”, como afirma Villaurrutia en el prólogo, el mejor representante de la literatura efervescente y cosmopolita de entreguerras. Luego cometió el error de ponerse del lado de la Francia de Vichy y su brillo se eclipsó.
            ¿Cometió el error? La semilla del fascismo ya estaba en el Morand de 1927. Qué terribles páginas las que dedica al control de las fronteras este escritor que anda por el ancho mundo como Pedro por su casa. Pero esa libertad de la que él disfruta no la quiere para todos, solo para las razas superiores.
            Francia, como Estados Unidos –nos dice–, debe defender su raza y olvidar “pretextos sentimentales y pasados de moda, tales como el derecho de asilo”. Hay que contralar la emigración: “Necesitamos sangre celta, sangre sajona y germánica, sangre alpina. Miremos las estadísticas: entran eslavos, semitas, poloneses, latinos del Sur, que no necesitamos, agricultores mediocres, razas de intermediarios y de políticos futuros”. Pone el ejemplo de Chile: “En 1920 –le contó un ministro– no hemos dejado entrar sino escandinavos. En ese momento teníamos necesidad de sangre densa, laboriosa, tranquila, para la región Sur, principalmente”.
            El huevo de la serpiente ya estaba ahí. ¿Ya está aquí? Me aterra leer lo que dicen sobre Cataluña los intelectuales que yo creía de izquierdas. ¿Todos guardaban, como un alien al acecho de circunstancias propicias, a un Félix de Azúa en su interior?


Viernes, 20 de octubre
LA GUERRA NI EN BROMA

¿Quién puede creerse hoy que la Segunda Guerra Mundial, con sus masacres sin fin, al principio se veía como una broma? Pues así, la “drôle de guerre”, una guerra de broma, se la llamó durante los primeros meses. Los alemanes ocuparon Polonia, ingleses y franceses se vieron obligados, casi contra su voluntad, a declararles formalmente la guerra, y ahí acabó todo. Desde septiembre del 39 a mayo del 40, franceses e ingleses movilizados se dedicaron a mirar las musarañas mientras los alemanes hacían músculo. Por fin, cansados de jugar al gato y al ratón, ocuparon Bélgica y devoraron Francia (con gran placer de muchos de los franceses) en unos pocos días.
            Lo que en la historia ocurre primero como tragedia, se repite luego como farsa, afirman los optimistas. “Si no me decís quién ha sido antes de que cuente hasta tres, os vais a enterar”, amenaza el maestro a los alumnos díscolos. Nadie dice nada. “Voy a contar hasta seis, no me obliguéis a tomar medidas que no quiero tomar”. Los rebeldes siguen a lo suyo. “Os doy de plazo hasta el sábado”, concluye.
            El sábado –mañana– veremos qué pasa. Yo creo que el maestro ha perdido su autoridad para siempre, aunque el director del colegio haya tenido que salir en su ayuda.




domingo, 15 de octubre de 2017

Acción de gracias: Carácter es destino




Sábado, 7 de octubre
PERSONA NON GRATA

Llegamos a Castropol a las diez de la mañana, un hora antes de que comiencen los actos de homenaje a Luis Cernuda. El pueblo, arrebujado en la colina que se adentra en la ría como la proa de un barco, tiene un aire ausente esta dorada mañana de otoño. Nadie en las calles, ni un ruido tras las fachadas. como si fuera el escenario de una película en un momento de descanso del rodaje.
            De pronto, la sorpresa de una plaza arbolada, ajardinada, con una aparatosa estatua a un héroe  muerto en la guerra de Cuba, el quiosco de la música y un edificio modernista, el más grande del pueblo, que fue casino y hoy es biblioteca. Luego, en la calle del Pozo, que desciende hasta el muelle, me sorprende el silencio y un inmenso magnolio que destaca con su brillo verde y sus flores blancas en el cielo tan azul.
            Cernuda estuvo quince días en Castropol en agosto de 1935. No lo pasó demasiado bien y el tedio y un difuso temor –Asturias tenía aún el rostro áspero de la revolución– lo trasladó al relato “En la costa de Santiniebla”, que escribió dos años después y publicó en la revista Hora de España.
            No volvió más a Castropol. No habría podido volver –exilio aparte– si alguien en vida suya hubiera leído aquí ese relato. Lo habrían considerado calumnioso y declarado a su autor “persona non grata”.
            ¿Cómo es el Castropol de Cernuda? “Está caído como un pájaro enfermo” sobre una colina; las calles empinadas y grises no las cruza ni siquiera la sombra de un perro fugitivo. “Nauseabunda” es la atracción que ejerce sobre el viajero. La lluvia constante le despierta “una furiosa cólera”. A la dulce “fala” del lugar la llama “jerigonza vernácula”. A pesar del mal tiempo, quiso bañarse  –en una famosa foto se ve a Cernuda tendido en la playa con Castropol al fondo–  y la consecuencia fue un resfriado que le tuvo varios días en cama. En la habitación en que se aloja ha de humedecer continuamente sus manos con agua de colonia para mitigar el insoportable olor que flotaba en el aire. “Las tinieblas, la lluvia y el viento” son la solemne trinidad que preside los días de Santiniebla y él se imagina que seguirá presidiéndolos para toda la eternidad.
            ¿Hace falta seguir? Pues aún hay más. Unos horrendos crímenes –Cernuda, en 1935, sin duda pensó mucho en la barbarie de octubre, multiplicada por la prensa– impregnaban de horror un pueblo al que el protagonista del relato jura no volver.
            Vuelve ahora, tantos años después, representado por su sobrino, Ángel Yanguas. En el mirador de la Mirandilla, con el puente de los Santos a un lado y Figueras enfrente, se va a colocar una placa que recuerda sus pasos por este lugar.
            “¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?”, se preguntaba Cernuda en “Birds in the night”, un poema escrito en una ocasión semejante: “El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida / en esta casa 8 Great College Street, Camden Town, Londres, / adonde en una habitación, Rimbaud y Verlaine, rara pareja, / vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron, / durante algunas breves semanas tormentosas…”
            El final del poema es quizá el más violentamente misantrópico que jamás se haya escrito. Tras responderse que ojalá nada oigan los muertos (“ha de ser un alivio ese silencio interminable / para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella”), concluye: “Alguna vez deseó uno / que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela. / Tal vez exageraba: si fuera solo una cucaracha, y aplastarla”.
            Sonrío recordando esos versos mientras el alcalde del lugar y otras autoridades discursean brevemente antes de descubrir la placa. Estoy seguro de que el poeta, si estuviera hoy aquí, si muerto oyera lo que dicen los vivos, también sonreiría agradecido y cambiaría su opinión sobre esta villa que se apretuja en una colina alrededor de un tesoro: su espléndida biblioteca, heredera de aquella Biblioteca Popular Circulante que trajo a Cernuda hasta este lugar.


Lunes, 9 de octubre
EN EL TREN

Pronto se hace de noche y nada me distrae en el vagón de tren, casi sin nadie, extrañamente silencioso. Largas horas para estar conmigo.
            Hago recuento de mi vida. ¿Estoy contento con ella? En general, sí. Creo que mi lema sigue siendo válido: “Todavía aprendo”. Y entre mis aprendizajes más recientes se encuentran el de rectificar de inmediato, en cuanto me señalan un error, y el no estar orgulloso de mis defectos (me he pasado la vida presumiendo de ellos).
            Me queda por aprender un poco de hipocresía, que otros llaman diplomacia, para disimular el escaso aprecio que siento por la falta de rigor intelectual del común de los mortales, amigos o enemigos. En eso soy muy Sheldon Cooper.


Martes, 10 de octubre
LA TEORÍA DE LA LIEBRE

En el salón Velázquez del Ministerio de Cultura se decide el Premio Nacional de Poesía 2017. Somos doce los jurados; los finalistas, más de veinte. La mayoría de esos libros valen poco. Yo los hojeé en su momento y no me interesaron nada; releídos ahora, confirman la pobre impresión primera.
            ¿Cómo han llegado hasta aquí? Pues porque los ha elegido algún miembro del jurado: cada uno de nosotros podía seleccionar hasta un máximo de tres. ¿Y quién nombra al jurado? Salvo uno, decidido por el propio ministerio, diversas instituciones: la Academia de la Lengua, la Asociación de Escritores,  la Academia Gallega, no sé que asociación de periodistas, un grupo de estudios de género... A mí me seleccionó la conferencia de rectores.
            El libro que más me interesaba, al que me habría gustado mucho darle el premio, Manzanas robadas, de Miguel d'Ors, quedaba fuera de concurso por unos pocos días: se había publicado en enero de 2017, no en 2016. Otros libros seleccionados, como el de Iona Gruia, quedaban fuera porque a la autora, a pesar de haberla solicitado hace años y cumplir todos los requisitos, todavía no le han concedido la nacionalidad española.
            Valoro poco los premios. Incluido el Nobel: como dice Felipe Benítez Reyes, lo conceden unos cuantos académicos suecos, no siempre bien informados, y la gente cree que lo hace el Espíritu Santo. En los premios de poesía, suele creerse que  se los reparte una banda de mafiosos (si se publican en Visor, capitaneada por García Montero).
            Quizá no debería aceptar ir de jurado a ninguno. Pero si me lo solicitan acepto siempre, con la excusa de que es parte de mi trabajo (soy así de hipócrita).
            Ningún libro me entusiasma, pero tengo un favorito. El de un excelente poeta al que admiro desde sus primeros versos, aunque esté en las antípodas de mi pensamiento político. Pero, hombre experimentado, callo su nombre y no digo una palabra en su defensa. Ni en la suya ni en la de ningún otro. Dejo esa labor, siempre inútil y a menudo contraproducente, a más inexpertos miembros del jurado. Escucho con una sonrisa que la Balada en la muerte de la poesía merece el premio porque su autor es un desinteresado amante de la poesía y ha escrito este libro para defenderla. O que el premio debería ir para Ana Rossetti porque vuelve al verso después de muchos años para hablar de la crisis y de los problemas del hombre de la calle. O que hay que premiar a Ángel García López porque ha escrito un libro casi póstumo después de la muerte de su mujer y ya no va a escribir más. O a Dionisia García porque, aunque, etc. Si alguien tenía alguna duda sobre el no excesivo interés de cualquiera de esos libros, le desaparecen al escuchar a sus defensores.
            Yo no digo nada, pero no puedo evitar susurrarle alguna cosa a Julia Barella, que se sienta a mi lado.
            ––Sospecho que él premio va a ser para una mujer o para un libro prepóstumo. ––Pues hay una candidata que cumple las dos condiciones.
            Mucho me habría gustado que se llevara el premio Dionisia García, una de las personas más generosas y cordiales que conozco. Pero vuelvo a hojearlo y prefiero que, si lo gana, sea sin mi voto.
            ––Qué extraño –dice alguien–, el libro de Jordi Doce en la primera votación era uno de los que menos votos tenía y luego ha llegado a estar entre los más votados.
            –-Es la liebre –digo yo recordando la teoría de Fernando Rodríguez Lafuente–. El que todos votan en segundo lugar porque no creen que sea un serio rival para su preferido.
            Llega así No estábamos allí a la votación penúltima, junto a los dos favoritos. En ese momento, yo no sé cuál va a ganar (aunque tengo claro a cuál de los dos voy a votar): a ambos autores los aprecio personal y literariamente, pero a una más personalmente y al otro más literariamente.
            De pronto, uno de los miembros del jurado, que no conoce la teoría de la liebre y se ha creído la posibilidad de que el premio vaya para Jordi Doce (tiene más votos que el que luego resultaría ganador), se decide a hablar y, para defenderlo, ataca: "El libro de Dionisia no es bueno; tú misma has dicho que no es bueno", le dice a su defensora. “¡Yo no he dicho eso! He dicho que no es mejor de los suyos, pero es un libro escrito con mucha serenidad”, responde la ganadora del año anterior, también miembro del jurado.
            Sonrío. Ya sé quién va a ganar. Un poeta que nadie ha nombrado y que yo había seleccionado en primer lugar. En efecto, desaparece Jordi Doce tras la penúltima votación y en la última gana Julio Martínez Mesanza.
            Si yo lo hubiera defendido, seguro que lo habría hundido: hablo siempre como si me creyera más listo que nadie y eso, con toda razón, suele molestar a mis interlocutores y predisponerles en contra de lo que apoyo. Uno --cosas de la edad-- va adquiriendo cierta habilidad en estos asuntos.


Miércoles, 11 de octubre
PLACERES PERDIDOS

Ayer, tras el fallo del premio, todo el mundo se despidió de mí rápidamente, nadie quiso quedarse a tomar un café y a charlar un rato (no les hizo gracia que acabara saliéndome con la mía y dando la impresión de que me burlaba un poco de sus estrategias).
            Como no tenía nada que hacer hasta las dos, me dediqué a pasear. Al subir por Prim, de pronto me vienen a la memoria unos versos: “Tu calle ya no es tu calle, / que es una calle cualquiera / camino de cualquier parte”.
            Miro hacia la derecha y me encuentro con Conde de Xiquena, donde vive uno de mis antagonistas preferidos, Andrés Trapiello. Antes, siempre le llamaba y él solía bajar y tomábamos algo en una terraza de Recoletos y discutíamos sobre Chaves Nogales, las X de los diarios o cualquier otro asunto de las armas y las letras, y el tiempo discurría tan ricamente.
            Pero ya no es mi amigo, ya no puedo llamarle, y bien que lo lamento. En fin, carácter es destino y el mío se parece algo al de Cernuda.


[Alicia Varela, en la ilustración de esta semana, me ve caminando solo por la vía del tren. Espero poder saltar a tiempo cuando se acerque el patriótico convoy.]