lunes, 18 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Yo sí tengo miedo


Domingo, 10 de septiembre
DISFUNCIÓN, NO TONTERÍAS

Me esfuerzo por ser políticamente correcto, algo bastante raro en un español. La razón es muy simple: detesto ofender sin motivo. No es lo mismo calificar a un individuo de impotente que decir que padece “disfunción eréctil”. Por eso, a partir de ahora tampoco calificaré de “tonterías” las ocurrencias de Javier Marías en su artículo semanal, como he hecho tantas veces. Incluso es un clásico en mis clases de “Literatura y periodismo” un artículo suyo en el que afirma que escribe a máquina porque así puede corregir sus artículos a mano, como si no se hubiera enterado (parece que no) de que existen las impresoras.
            Dos noticias periodísticas le han llevado a la conclusión este domingo de que “una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño” se ha infiltrado entre nosotros y nos está llevando, como en las época más oscuras, a reprimir y prohibir, a multar a las mujeres “por enseñar las piernas o el escote”.
            ¿Y qué es lo que le lleva a una conclusión que puede desmentirse encendiendo la televisión, yendo a la playa o simplemente saliendo a pasear por cualquier parque? Pues dos noticias que ha visto en el periódico, las dos en la sección deportiva: en una se dice que “las azafatas ya no darán un beso en el podio al ciclista que reciba premios”; en otra, que el circuito femenino de golf prohíbe a las ciclistas profesionales “minifaldas, escotes y mallas”.
            Ambas prohibiciones tienen que ver con la actividad profesional, no con el comportamiento habitual en la calle, donde los novios (y las novias) pueden seguir besándose sin que la policía municipal les multe, como hacía con el franquismo, y las mujeres llevando minifalda o lo que les dé la gana.
            ¿Besan las azafatas de un congreso a la autoridad correspondiente cuando le indican dónde debe sentarse? ¿Puede el piloto de un avión comercial ir en pantalón corto?
            Los razonamientos (es un decir), las generalizaciones abusivas y las escandaleras de Javier Marías (algunas exageradas solo para conseguir más clicks en la página digital del periódico: así de bajo hemos caído), aunque nos muevan a risa, merecen un respeto, como la impotencia viril que antes tantos chistes suscitaba. Ahora sabemos que es solo una enfermedad, a menudo de fácil cura: la disfunción eréctil. Ahora sabemos también que calificar de tonterías a las tonterías semanales de Marías es de una crueldad innecesaria. Psicólogos norteamericanos, en una publicación de la Universidad de Harvard, acaban de definir la “disfunción lógica”, la incapacidad de ciertos individuos para la argumentación racional, aunque puedan ser muy hábiles en cualquier otra actividad que requiera un uso moderado de la inteligencia, como por ejemplo la escritura de novelas..
            Nunca, nunca más volveré a utilizar el ofensivo término de “tonterías” para referirme a lo que es solo manifestación de la “disfunción lógica”. Yo me esfuerzo, al contrario que Pérez-Reverte y la mayoría de mis colegas  escritores, por ser siempre políticamente correcto.


Lunes, 11 de septiembre
SOBRE UN VOLCÁN

En el libro de Literatura que yo estudié durante el bachillerado, escrito por Juan Ruiz Peña,se nos ponía el siguiente ejemplo de incongruencia retórica: “El carro del Estado navega sobre un volcán”.
            “Si en un carro, no puede navegar –explicaba el poeta y catedrático–; y si navega, no puede hacerlo sobre un volcán”.
            No podrá hacerlo, pero eso es exactamente lo que siento yo ahora: que el carro del Estado navega sobre un volcán a punto de entrar en erupción.
            Ganas me dan de pedir la nacionalidad portuguesa.


Martes, 12 de septiembre
UN HOMBRE AFORTUNADO

Rodeado de amigos en la librería Cervantes, presentado el cuarto o quinto libro que he publicado este año, pienso que soy un hombre afortunado.
            Con paciencia y astucia, he ido consiguiendo todo lo que quería. No grandes cosas –nunca he sido ambicioso–, pero sí las que necesitaba para ser moderadamente feliz (ya se sabe que la felicidad con mayúscula no es de este mundo).
            Ni el fracaso, que nos llena de resentimiento, ni el éxito, que atonta (véase Javier Marías). Como escritor, me basta con escribir lo que me apetece y con publicar todo lo que escribo.
            La musa es el encargo, decía Umbral, y yo he tenido la suerte de que los encargos que recibo casi siempre coincidan con aquello que estoy deseando hacer. Sentado frente a mí, está Graciano García, a quien un día se le ocurrió crear una revista literaria. “De los aspectos materiales, se encarga la editorial Nobel; del contenido te encargas tú, con total libertad”. Esto fue muy a finales del 95, a comienzos del año siguiente apareció el primer número de Clarín. Veintiún años después, sigue apareciendo cada dos meses. Y pagando las colaboraciones, a pesar de que la publicación –como cualquier revista literaria– no es precisamente un negocio.
            Muy cerca veo a Marcelino Gutiérrez, director de El Comercio. En el verano de 2005, su antecesor, Íñigo Noriega, me llamó para que colaborara en su periódico. Desde 1988, lo hacía en el diario de la competencia, pero durante julio y agosto el suplemento en el que aparecían mis reseñas dejaba de publicarse. Estaba libre, por lo tanto. Al menos teóricamente, porque el diario ovetense no perdona la menor infidelidad. Probablemente, no podría volver, pero a la oferta de Íñigo Noriega era imposible resistirse: una colaboración diaria o semanal, a mi gusto, y del tipo que yo quisiera. Elegí traducir y comentar diariamente un poema; del reto que salió un libro, Jardines de bolsillo. Tres mil años de poesía. Y cuando llegó septiembre, cuando yo creí que la competencia iba a despedirme con cajas destempladas, me hizo una oferta a la que tampoco pude resistir: publicar mi diario los domingos. Y así estuve durante una década: de septiembre a junio publicaba una reseña los jueves y la entrega semanal de mi diario en un periódico, y durante julio y agosto poesía, ficción o lo que me pareciera en otro. De esos veranos gijoneses surgieron libros como la autobiografía erótica Alrededores del paraíso (fue publicándose a razón de una entrega diaria) o las Ciudades de autor que presento hoy en Cervantes.
            Íñigo Noriega dirige ahora otro periódico, pero su sucesor tiene el mismo gusto que él por la literatura. Y ahí sigo, sonriente y feliz cada semana. Y con una poco frecuente libertad: el diario apoyaba la estratagema que llevó al poder a Rajoy, alterando el resultado electoral, y la candidatura de Susana Díaz, mientras que yo arremetía –con cierta virulencia– contra Javier Fernández, cuya aportación a la teoría política se centra en una frase: “Lo democrático es abstenerse para que no haya elecciones” (cualquier tiempo pasado fue mejor: entonces bastaba con abstenerse para que no hubiera elecciones, ahora con tal de que no las haya somos capaces de meter en la cárcel a la mayoría de los alcaldes catalanes).
            Y también veo a Carlos González Espina, quien, junto a Marina Lobo, ayer en Llibros del Pexe, hoy en Impronta, siempre me están encargando algún libro, a pesar de lo bien que saben –por propia experiencia– que no soy precisamente un best-seller.
            ––No presumas de ser un triunfador –se burla el diablillo de la contradicción que siempre va conmigo–. Después de dedicar toda tu vida a escribir, ¿cuánto dinero has ganado con ello?.
            ––Pues no sé, no lo he contado. Y lo de “dedicar toda la vida” suena demasiado fuerte. Suelo escribir todos los días, cierto, y nunca menos de una hora, pero tampoco nunca más de hora y media, y te recuerdo que el día tiene veinticuatro. Me ha quedado tiempo para todo lo demás, incluso para aburrirme. Y ya que estamos, otro secreto: nunca he escrito una línea por obligación o por dinero. Soy así de poco profesional.
            ––¿Un triunfador y desde niño soñabas con Nueva York, París o Roma y te has quedado anclado en la provinciana Vetusta para toda la vida?
            ––Los sueños dejan de serlo cuando se convierten en realidad. Porque nunca he vivido en Nueva York ni en París ni en Roma, ni en Lisboa o Venecia, nunca me han mostrado sus aristas y me siguen fascinando, como al adolescente que no tenía nada más que sus sueños, cada vez que paso por ellas.



Jueves, 14 de septiembre
SOY

Soy militante de base, muy de base, casi de subsuelo, del PSOE; simpatizo con las ideas de regeneración democrática de Podemos, y el Partido Popular de Asturias me invita a inaugurar sus jornadas culturales.
            Se me podrá acusar de muchas cosas, pero no de ser un hombre simple y unilateral que repite la voz de su amo.


Viernes, 15 de septiembre
 A LAS URNAS, NO A LAS ARMAS

Incluso yo, tan temerario, empiezo a tener miedo. La democracia española cada vez se parece más a la de ese país donde hablar del holocausto armenio es ilegal y puede llevarte a la cárcel. Y con todas las de la ley ya que lo prohíbe su constitución.
             Aquí lo que prohíbe la Constitución (pobrecita constitución, con qué estupideces la hacen cargar los que dicen defenderla) es defender el derecho de los catalanes a ir a votar el uno de octubre para proclamar a los ojos del mundo que quieren seguir siendo parte indisociable de la nación española. ¿Cómo puede ser un delito que se les permita declarar alto y claro su españolidad?
            Pero doctores tiene la santa madre constitución que dictaminan que votar que no quieres ser independiente es inconstitucional (tan inconstitucional como votar que quieres serlo), pero meter en la cárcel a los alcaldes que faciliten que los ciudadanos voten es constitucional.
            Doctores tiene la santa madre constitución, ya digo. Pero sospecho que quienes autorizan semejante cosa con su firma no van a ocupar precisamente un lugar de honor en los libros de historia.
            ––¿Y no tienes miedo –me susurra mi diablillo– de que les dé por leer tu diario y tus comentarios en la red y te acusen de apoyar el derecho a decidir, algo explícitamente prohibido, si no por la Constitución, sí al menos por el Tribunal Constitucional, y que te vuelvan a meter en la cárcel como cuando Franco?
            ––¿Miedo? ¡Tengo pavor! Juristas muy respetables condenaron legalmente a muerte al rector Leopoldo Alas y la única prueba que encontraron en su contra fue la fotografía de un mitin en la que aparecía con la Pasionaria? ¿Cómo no voy a tener miedo? Por eso, me retracto, comulgo con ruedas de molino, me creo lo que dicen El País y Sáenz de Santamaría, y dejo de apoyar el  referéndum independentista. Lo que yo quiero es que deje hablar a esa mayoría silenciosa de catalanes que tanto han sufrido con Puigdemont y se les permita el uno de octubre mandarlo a casa llenando las urnas con un rotundo “no”.



sábado, 9 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Tengo la solución


Domingo, 3 de septiembre
AZORÍN SALE EN APOYO DE PEDRO SÁNCHEZ

Si por mí fuera, me pasaría el día hablando de política, discutiendo con este y con aquel, tratando de demostrar –mi deporte favorito, como me gusta repetir– que yo tengo razón y que mi interlocutor está equivocado, pero comprendo que eso resulta bastante aburrido para los demás.
            Para no pensar en la que se avecina, abro un viejo libro que no había vuelto a releer desde la adolescencia: El licenciado Vidriera visto por Azorín. Está dedicado a Francisco Giner de los Ríos, “maestro que ha dejado tras sí un reguero de luz”. Comienza como un cuento, “Pues, señor, una vez era un rey…”, y yo me dejo llevar por su minimalismo poético a otro mundo mejor.
            Pero de pronto algo me hace descender de la nube. Uno de los capítulos se titula “Las naciones de España”. ¿Cómo es esto, me digo? ¿Es que también Azorín quiere meterse con Pedro Sánchez.
            Leo: “¡Las naciones de España! Hablando Baltasar Gracián, en su opúsculo El político don Fernando, de las diferencias que hay para el gobierno entre Francia y España, dice que en Francia todo concurre para que la gobernación sea fácil, en tanto que en España muchas cosas la hacen difícil. ‘Los mismos mares, los montes y los ríos, le son a Francia término connatural y muralla para su conservación. Pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas; las naciones, diferentes; las lenguas, varias; las inclinaciones, opuestas; los climas, encontrados; así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir…’ En otro lugar (El Criticón, segunda parte, crisis III), Gracián habla también de esas naciones, especificando alguna, como la catalana”.
            O sea que el bueno de Pedro Sánchez no ha inventado nada, que de la España plurinacional ya se hablaba hace cien, hace cuatrocientos años. Azorín incluso se atreve a enumerarlas: “Las naciones de España: Castilla, Cataluña, Andalucía, Galicia, Vasconia. Todas tienen nuestro profundo amor. ¡Naciones de España! Bellas y queridas naciones”.
            Claro que eso es lo que leemos en la primera edición de El licenciado Vidriera visto por Azorín, de 1915, y en la segunda, de 1921, pero a partir de la tercera, de 1941, “las naciones de España” son sustituidas por “las tierras de España”.
            Españoles, Franco ha muerto, pero su idea de España –una, cristiana y con bases americanas– sobrevive.


Lunes, 4 de septiembre
MATÓN DE BARRIO

Cada uno es como es. A unos les relaja una tumbona en la playa, una cervecita, una novela digestiva y dejar pasar las horas. A mí lo que me relaja es una buena polémica, una de esas discusiones encendidas en las que se exaltan los ánimos y uno tiene ocasión de llamar al pan pan y al memo memo.
            Pero discusiones no de pareja, ni económicas, ni profesionales, discusiones como un juego en el que no se juega nada, una partida de ajedrez que solo tiene por fin pasar el rato, acorralar al adversario y demostrar quién es el más listo.
            Soy un poco bruto, ya lo sé. Algo tengo de matón de barrio que anda por ahí buscando gresca, aunque las mías no sean a puñetazos.


Martes, 5 de septiembre
NO TODO ES BASURA CURRICULAR

Sensación extraña la de esta mañana al asistir a una tesis doctoral sobre los diarios de Andrés Trapiello. Yo comencé a leerlos en 1989, antes de que se publicaran en libro, en las páginas de “Citas”, el suplemento cultural del Diario de Jerez que dirigían Juan Bonilla y José Mateos. Tantos años y tantos volúmenes después (veinte para ser exactos), le veo convertido en un clásico.
            En todo este tiempo, le he ido acompañando como crítico y como lector (debo ser uno de los pocos que ha leído todos sus libros) y, a intervalos, como amigo. Es difícil ser amigo de un escritor cuyas obras se comentan puntualmente en público. Lo que el autor espera de los críticos amigos es lo mismo que esperan las editoriales: un publicitario ditirambo, un acrítico encomio (más o menos lo que hace José-Carlos Mainer, y excelentemente, con los encargos de El País). Yo siempre he sido más bien impertinente: enumero minuciosamente los errores, o los que yo creo tales, y sintetizo los aciertos en pocas frases (a ser posible en una, o en media).
            La lectura de esta tesis, la primera que se le dedica, la veo como una entrada de mi generación en la historia literaria. Recuerdo –nos lo contaba Martínez Cachero– que la primera vez que en España se dedicó una tesis doctoral a un escritor vivo fue en 1950, cuando Carlos Bousoño se ocupó en la suya de la poesía de Vicente Aleixandre. Poco tiempo antes a él no le dejaron dedicar la suya a las novelas de Azorín y tuvo que ocuparse de un poeta decimonónico que le interesaba poco. Bousoño lo consiguió porque el director era un gran amigo del poeta, Dámaso Alonso. Se me ocurre pensar que Aleixandre tenía entonces cincuenta y dos años, mientras que Trapiello se acerca a los sesenta y cinco. O sea, que tampoco se apresuran a canonizarnos.
            Le cuento estas cosas, a la salida de la lectura, a mi amigo Miguel. “En tu caso especialmente, no se apresuran nada. Seguro que te fastidia bastante.”
            La verdad es que he sentido un poco de envidia escuchando a Eva Miranda Herrero, la nueva doctora, hablar de Andrés Trapiello. Resulta que, hace más de una década, el profesor de literatura, Javier García Rodríguez, les hizo comentar en clase un fragmento de uno de los primeros diarios. A ella le gustó tanto que buscó el libro, luego los otros volúmenes del Salón de los pasos perdidos y terminó dedicándole la tesis doctoral, una tesis hecha solo por amor: es profesora de Lengua y Literatura en un Instituto, no la necesita para su promoción académica.
            Pero no todo es envidia y melancolía, también siento un poco de alivio. Nada envejece más que los homenajes. Las pompas, fúnebres, y los homenajes, póstumos. Ese es mi lema.
            La verdad –no debería decirlo para no perder mi bien ganada fama de mala persona– es que me alegra esta tesis dedicada a Andrés Trapiello como si se le dedicara a alguien de la familia (y así es: de mi familia literaria), aunque –como ocurre en el caso de Miguel d’Ors y de tantos otros compañeros de guerras poéticas– ya no seamos amigos. Una suerte para él, por cierto: yo, por aquello de demostrar que soy más imparcial que nadie, con los libros de los amigos me muestro mucho más exigente que con los de quienes no lo son.


Miércoles, 6 de septiembre
PREFIERO QUEDARME FUERA

Días de diarios estos. Ando por un lado, revisando una traducción del Journal de los Goncourt; ayer, asistí a una disertación sobre los de Andrés Trapiello y hoy me encuentro, al cruzar por la plaza de Riego, con Iñaki Uriarte, el diarista más reconocido en los últimos años.
            Yo le admiro mucho porque es exactamente lo contrario de lo que yo soy: ponderado, tranquilo, indolente. Para hacerse un sitio en la historia de la literatura le han bastado tres delgados volúmenes publicados después de los sesenta años.
            Claro que si yo, para hacerme un sitio en la historia de la literatura, tengo que dedicar los primeros sesenta años de mi vida a leer, pasear, tomar el sol en Benidorm, no escribir una línea, no pelearme con nadie, procurar caerle bien a todos, y luego limitarme a escribir unos libritos llenos de elíptica sabiduría y volver a no hacer nada, pues la verdad, lo siento mucho, pero prefiero quedarme fuera de la historia literaria.
            Cada uno es como es y yo el infierno me lo imagino como un resort en Cancún, un crucero de lujo o una temporada en Benidorm.



Jueves, 7 de septiembre
UNA MODESTA PROPOSICIÓN

Si hemos de creernos lo que nos cuentan todos los periódicos españoles (en esto El País no se diferencia nada de La Razón), en Cataluña se ha producido un golpe de Estado y los catalanes se encuentran al borde del abismo.
            Si todos lo dicen, será verdad. No voy a discrepar yo de algo en lo que coinciden los políticos y la gente de la calle, sean de derechas o de izquierdas. Pero todavía es posible una solución antes del tópico choque de trenes. Los hechos, al parecer, son los siguientes: la mayoría parlamentaria de Cataluña ha aprobado una ley por la que se consultará a la ciudadanía si desea seguir o no formando parte del Estado español. Parece que esa consulta solo puede hacerse legalmente si la autoriza el gobierno central, que no está por la labor.
            Y aquí es donde a mí se me ocurre una solución bastante simple para acabar de una vez por todas (o al menos durante unas décadas) con el problema catalán. En lugar de celebrar el primero de octubre un referéndum independentista, celebrar otro de sentido contrario. Ni siquiera habría que modificar los preparativos o las papeletas. Bastaría con cambiarle el nombre y llamarlo “Referéndum para reafirmar la españolidad de Cataluña”. A una consulta así no pueden oponerse ni la Constitución ni Inés Arrimada. Ya me la imagino gritando en los mítines: “El día uno todos a votar para mandar a casa a esa panda de indeseables que tiene secuestrada a Cataluña”. Porque si el uno de octubre gana el no, si los catalanes reafirman su españolidad (algo de lo que no dudan ni la oposición catalana ni nadie del resto de España), Puigdemont dimite, se convocan elecciones autonómicas y todo vuelve a ser como era antes de que una minoría de radicales y alborotadores se hiciera con el control de la Generalitat.
            Me extraña que a nadie antes que a mí, ni siquiera a Mariano Rajoy, se le haya ocurrido una solución tan fácil y tan de sentido común.


Viernes, 8 de septiembre
CON LOS AÑOS

Con los años, uno acaba conociéndose demasiado bien como para tomarse demasiado en serio.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Acción de gracias: La historia continúa


Domingo, 27 de agosto
CÓMPLICES INVOLUNTARIOS

¿Se aprende algo con la edad? Yo, cosas un tanto deprimentes como que, cuando uno pretende tener razón frente al resto del mundo (mi deporte favorito), casi siempre está equivocado.
            Pero, a pesar de todo, mientras leo esta mañana los periódicos en mi cafetería habitual, no puedo dejar de pensar que quienes llevaron ayer al jefe del Estado a Barcelona le hicieron, con la mejor de las intenciones sin duda (no creo que los independentistas tengan ningún infiltrado en la Casa Real), una mala jugada. ¿Qué hace el rey encabezando una manifestación, expuesto a ser abucheado, a compartir cámara con pancartas ofensivas? ¿Necesita el rey de España demostrar que está en contra del terrorismo? ¿No bastaba una visita de condolencia a las víctimas?
            Pero, en fin, doctores tiene la Santa Madre Iglesia (o la Santa Madre Constitución) que sabrán lo que hacen. Quién soy yo para llevarles la contraria.
            No voy a comentar, ¿para qué?, el júbilo con que, según dejó constancia un informativo de Al Jazira, se siguió en las covachuelas sirias del Estado Islámico la manifestación barcelonesa. Ellos sí que no tenían miedo. Lo que había sido un fracaso –se pretendían cientos de muertos en varios atentados simultáneos– se convirtió en triunfo, en un acontecimiento de resonancia mundial, gracias a las multitudinarias protestas.
            ¿Creerá alguien de verdad que el que las autoridades y la gente común se manifiesten contra los atentados disminuye el riesgo de que se repitan?
            Lo disminuye la acción policial y las medidas preventivas adecuadas. El resto es echar leña al fuego.
            ¿No han oído hablar de Eróstrato, el personaje griego que quería hacerse famoso a toda costa y para eso quemó el templo de Diana en Ëfeso? Los fanáticos de la yihad quieren inmolarse, como Eróstrato, logrando la mayor repercusión posible. Y para ello no les falta ayuda. Esos que organizan multitudinarias manifestaciones, esos que hacen “arder” las redes con sus repulsas, son, lo quieran o no, sus cómplices: sin ellos no serían más que unos criminales detenidos o abatidos por la policía. ¿Qué mayor regalo para un adolescente fanático y con sueños de gloria que ocupar las primeras páginas de los periódicos con su acción suicida, que trastocar el día a día de un país, que perdurar como un héroe en la memoria de los suyos?
            Estas cosas pienso yo, mientras leo los periódicos en la apacible mañana dominical y tomo un café en el Fontán con Cristian y el pequeño Martín, pero el resto de mis compatriotas, de derechas o de izquierda, piensa –con las vísceras, no con la cabeza– algo muy distinto.
            Seguro que estoy equivocado (no voy a ser yo la única persona con sentido común), pero no lo creo.


Lunes, 28 de agosto
VACACIONES NO, POR FAVOR

“¿Cómo te puede gustar el verano de Asturias si en Asturias no hay verano?”, me reprocha mi amigo José Luis Piquero.
            Sonrío. Ya sé que hay gente, aunque parezca increíble, que disfrutan aletargándose al sol como los lagartos. Yo prefiero los lugares donde es posible la vida inteligente durante todo el año (y sin necesidad de aire acondicionado). Oviedo, por ejemplo. O Gijón. O Avilés.
            ¿Dónde has ido este año de vacaciones?, me suelen preguntar a finales de agosto Al mismo lugar que todos los años: a ninguna parte. Mis viajes son siempre de trabajo (claro que mi trabajo es dejar constancia en verso y prosa del enigma inagotable del mundo). Yo, cuando quiero descansar, me quedo en casa.


Martes, 29 de agosto
ORACIÓN

Cada vez anochece más temprano y ese simple hecho, al que debería uno estar acostumbrado, me llena de melancolía. Camino por calles apartadas, al margen de la rutina, me cruzo con desconocidos, me vuelven de nuevo los fantasmas de la adolescencia. Uno de esos fantasmas me saluda con tímida cortesía y me sugiere que le acompañe. Lo que ocurrió después ya lo he contado muchas veces, demasiadas, y resulta fácil de adivinar.
            De camino a casa, recordé un poema de Carver: “A la edad que tú tienes, / casi toda la gente que admiras ya había muerto; / a la edad que tú tienes / ser un superviviente es un milagro / (como a cualquier edad, por otra parte) / y dormir como tú duermes, / de un tirón la noche entera /  casi todas las noches, un milagro aún mayor. / Agradéceselo a un Dios desconocido / y que tal vez no existe, / pero que siempre te ha mirado con amor, / pídele que siga sosteniéndote, / alto sobre el abismo, / por algún tiempo más / con su mano de ausencia y niebla y nada”.


Miércoles, 30 de agosto
NO PIENSO DECIR NADA

––¿Qué te parece la idea de que dentro de un mes tengamos ya república en Cataluña? ¡Quién nos lo iba a decir ayer mismo, en tiempos de Zapatero! Pero unos se quedan quietos y otros van cada vez más de prisa. Estoy deseando que dejes de contar historias de Sherlock Holmes y vuelvas a meterte en harina y a hablar de lo que pasa en la calle.
            ––Sobre Cataluña no pienso decir nada. Se lo he prometido a una amiga que vive allí. Y yo, como no soy político, cumplo siempre lo que prometo.
            ––Pues sigue con Sherlock y las historias de fantasmas y manuscritos perdidos, ya verás con cuántos lectores te vas a quedar.
            ––Opinión tengo sobre el asunto catalán, como todo el mundo, y hasta alguna posible solución, pero ya hay bastantes opiniones. Lo que me gustaría tener es capacidad de decisión o de influencia. Como no la tengo, ni la tendré jamás, lo mejor es no contribuir a la confusión. Por eso me limito a mirar los toros desde la barrera (qué remedio), impaciente por ver cómo acaba una historia en manos de otros, no en las mías..
            –-¿Y no temes, para continuar con la metáfora, que uno de esos toros se salte la barrera y te lleve por delante junto a algunos espectadores más?
            ––Es un riesgo que hay que correr. Yo me limito a mirar y a callar y a votar cuando me dejan. Y espero poder aplaudir al final de la faena.
            ––¿Y no nos piensas decir a cuál de los dos contrincantes te gustaría aplaudir?
            ––Al toro, por supuesto.
           


Jueves, 31 de agosto
NO HABLAR NUNCA DE UNO MISMO
           
Subrayo una frase en el diario de los Goncourt: “No hablar nunca de uno mismo a los demás y siempre hablarles a ellos de sí mismos, en eso consiste el arte de agradar. Todos lo saben y todos lo olvidan”.
            Yo, el primero. Pero lo mío no es el arte de agradar, sino más bien el de tocar las narices y no dejar a nadie indiferente. Me divierte más. Y conozco un medio infalible para ello.



Viernes, 1 de septiembre
DE CHARLA EN LA COCINA

Me gustan las historias de fantasmas, no lo voy a negar. Y a los fantasmas parezco gustarles yo, siempre estoy rodeado de ellos. Vivir solo es lo que tiene, que casi nunca está uno solo.
            Ayer me desperté un poco después de media noche. No tenía ganas de volverme a dormir. Me levanté, fui a la cocina, me preparé un té y me puse a escuchar música, muy suave. Llamaron entonces a la puerta. No con el timbre, con los nudillos. Pensé que había oído mal, que era un ruido en algún otro piso. Pero volvieron a insistir. Intrigado, miré por la mirilla. No había nadie. En ese mismo momento, llamaron de nuevo. Sin pensarlo dos veces, descorrí los cerrojos y abrí la puerta. Me quedé a la espera, sin temor y sin sorpresa, como en un sueño. Un rato de silencio y luego dije:
            ––Si eres un fantasma, ¿para qué necesitas que te abra la puerta?”
            ––No soy un fantasma, solo soy invisible.
            La voz me era familiar, me hacía sentirme cómodo. Volví a la cocina, serví otro té y con un gesto la invité a sentarse frente a mí.
            ––¿Te gusta Bach o prefieres que ponga otra cosa?
            ––¿Por qué no te has casado? No es bueno que el hombre esté solo.
            ––¡Yo no estoy solo!
            ––No puedes dormir. Algo te pasa.
            ––Que no tengo sueño.
            ––¿Y crees que has cumplido ya todos tus sueños?
            ––Casi todos, pero afortunadamente no todos.
            ––No has tenido hijos.
            ––Pero he escrito libros y plantado árboles.
            ––No es lo mismo.
            ––No, es mejor.
            ––No has hecho feliz a ninguna mujer.
            ––Ni a ningún hombre.
            ––No has sido feliz.
            ––Todos los días lo soy, al menos durante un rato.
            ––Te aterra la vejez.
            ––No demasiado, más bien me intriga.
            ––Te asusta el olvido.
            ––No creas, estoy acostumbrado a que nadie me haga caso. Pero bebe tu té, se está enfriando.
            ––Me gustan las cosas frías. No olvides que estoy muerta. ¿Vas a llorar ahora? Con lo a gusto que estábamos aquí los dos solos, charlando de tus cosas.
            ––No lloro, se me ha metido algo en un ojo.
            ––Te dejo. Ya sé que no te gusta que te vean llorar. Que nunca muestras tus sentimientos en público, aunque te pases la vida hablando de ti mismo. Te gusta fingir, decir lo contrario de lo que piensas.
            ––O decir lo que pienso para que todo el mundo piense que pienso lo contrario de lo que digo. Es lo bueno que tiene tener fama de irónico, que se puede mentir con la verdad.
            ––No le digas a nadie que me has visto o que no me has visto, pero has hablado conmigo.
            ––¿Y qué más da que lo diga o no si todos van a pensar que lo he inventado?
            ––Habla de política, que es más interesante. ¿Es cierto que en el reino de España pronto va a brotar una república? Lo malo de estar muerta es que al otro mundo los periódicos llegan con mucho retraso y el Wifi falla continuamente. Disfruta tú que todavía puedes con ese folletón. Y no llores, hijo mío.


sábado, 26 de agosto de 2017

Serpientes de verano: El caso de los suicidios justicieros



Los extraños sucesos que pretendo relatar ocurrieron hace pocos días, pero tienen su remoto origen en una noticia publicada por el Journal de Genève el 6 de mayo de 1891. Se hablaba en ella de la desaparición de dos viajeros ingleses en las cataratas que del río Aar en Reichenbach. No se daban sus nombres, únicamente las iniciales: S. H. y J. M.


LA FUNDACIÓN MARTIN BODMER

Siempre que viajo a Ginebra, acostumbro visitar la Fundación Martin Bodmer, una especie de cueva del tesoro para quien ama los libros. Se encuentra más allá de Eaux-Vives, en una colina de seductoras vistas sobre el lago. Ocupa dos villas unidas por un jardín. El tesoro ocupa un sótano bajo ellas, un espacio apenas iluminado y con temperatura constante, diseñado por el arquitecto Mario Botta especialmente para exponer tantas vulnerables maravillas.
            Contemplé de nuevo tablillas sumerias, papiros egipcios, las copias más antiguas del Nuevo Testamento, la Biblia de Gutemberg, manuscritos de Goethe y de Byron, primeras ediciones de Shakespeare o del Robinson Crusoe y también la Brevísima historia de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas, y el Barco ebrio de Rimbaud y Alicia en el país de las maravillas… No siempre exponen las mismas piezas y esta vez busqué en vano la letra menuda de Borges en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”; me sorprendió, en cambio, encontrar la caligrafía clara de Conan Doyle: en una vitrina se exponía “The Adventure of Abbey Grange”, una de las historias de The Retorn of Sherlock Holmes que yo prefiero.
            El comienzo es espléndido. Una fría y oscura mañana del invierto de 1897 el doctor Watson se despierta al sentir que alguien le zarandea y repite su nombre. Abre los ojos. A la luz de una vela, ve el rostro de Holmes inclinado sobre él. “Vamos, Watson, vamos. El juego ha comenzado. Vístase y venga conmigo”.
            Y Watson se viste sin preguntar nada y poco después cruzan las calles desiertas de Londres, toman un té caliente en la cantina de la estación y se suben al primer tren que parte para Kent. Solo cuando están cómodamente sentados, Holmes se decide a hablar. Ha recibido una carta que le conmina a ir, lo más pronto posible, a Abbey Grange, donde ha ocurrido un asesinato en extrañas circunstancias.
            Como siempre en estas historias, que desdeñan los eruditos y desdeñaba su autor, la resolución del caso vale menos que el planteamiento. Lo que importa es la amistad y la promesa de la aventura, ese saltar de la cama sin preguntar nada, abandonar rutinas y comodidades para ir tras el caballero andante siempre que nos lo pida.
            En el tren, Sherlock critica la manera que Watson tiene de contar sus casos. Le reprocha que pase por encima de los aspectos más sutiles y refinados para centrarse en los detalles sensacionalistas.  El bueno de Watson se enfada un poco.
            “¿Por qué no los escribe usted mismo?”
            “De momento estoy muy ocupado, pero tengo intención de hacerlo”.


EL MANUSCRITO DE SHERLOCK HOLMES

Cuando salí de la exposición, mientras trataba de acostumbrar mis ojos a la dura luz veraniega, me sorprendió un grupo de profesores o funcionarios que parecían discutir en el jardín. Uno de ellos parecía muy enfadado. Los otros trataban de calmarle. De pronto, el que gritaba indignado se dio la vuelta y se alejó rápidamente dejándolos con la palabra en la boca. Los otros se encogieron de hombros.
            Unos pasos más allá, mientras esperaba el autobús junto a la iglesia, me lo volví a encontrar. Todavía irritado, parecía hablar solo. Al verme, se dirigió a mí, primero en francés, luego, al escuchar mi respuesta, en español con acento argentino.
            “Esos cretinos calvinistas han dejado escapar la oportunidad de su vida. Me pagarán lo que pida en cualquier Universidad. ¡Yo tengo lo que nadie tiene! Un manuscrito de Sherlock Holmes contando sus aventuras en primera persona”.
            En aquel momento llegó el autobús. Traté de alejarme y fui hasta un asiento del fondo, pero el locuaz argentino me siguió y se sentó a mi lado. No contento con eso, al bajar en Rive, me invitó a tomar algo para enseñarme el manuscrito. “No traigo el original, pero sí una buena copia”, dijo dando golpecitos al maletín que llevaba consigo.
            La letra era distinta de la que acababa de ver en “The Avventure of Abbery Grange”. Se lo hice notar.
            “Claro, ya le dije que estas páginas están escritas por el propio Sherlock, no por Watson”.
            Sonreí, aunque él parecía hablar muy en serio.
            “Pero el amanuense es siempre Conan Doyle, ¿no?”
            “Eso dijeron ellos, los presuntos expertos, y me acusaron de querer venderles una falsificación”.
            Falsificación o no, la historia que se contaba era apasionante. Solo pude leer aquellas páginas una vez. Holmes, tras fingir su muerte en las cataratas de Reichenbach, se quedó un tiempo a vivir en Ginebra. El viaje al Tibet, donde se entretuvo visitando Lhasa y entrevistando al Gran Lama, fue posterior. También sus aventuras en el Polo Norte, de las que informaron ampliamente los periódicos, como un presunto noruego apellidado Sigerson. O los viajes por Persia, la visita a la Meca disfrazado de árabe, la entrevista con el califa de Jartum, en la que obtuvo útiles informaciones que comunicó oportunamente al Foreign Office.
            Antes quiso llevar una vida discreta y para ello alquiló una casita cerca de la Place du Marché, en Carouge. Allí llevó la vida de un apacible caballero británico, recientemente viudo, que se había alejado de Londres para mejor sobrellevar sus penas. Paseaba, bebía discretamente, asistía a los oficios religiosos, trabajaba en casa en una monografía sobre la vida de las abejas y en traducir las Geórgicas de Virgilio. Hasta que una mujer se suicidó en el Arve, cuyas lodosas aguas contrastaban con las azules y transparentes del Ródano, y luego un hombre apareció ahorcado bajo la torre de Molard, en el centro mismo de Ginebra. No habían pasado dos semanas cuando un conocido banquero decidió poner fin a su vida arrojándose a las vías, en la estación de Cornavin, en el momento mismo en que partía el expreso para Lyon.
            La sorprendente frecuencia de suicidios dio mucho que hablar. Sherlock Holmes, casi desde el primer momento, sospechó que no eran tales. Tras el tercero –hubo seis en menos de un mes–, ya no tuvo ninguna duda: se trataba de un asesino en serie.
            Fue uno de los casos más difíciles de su carrera, según repite más de una y otra vez. Echa de menos la compañía de Watson. “Me ayudaba a pensar, era como un romo frontón en el que rebotaba mi intelecto para ir cada vez más lejos hasta descubrir lo que se escondía tras las apariencias”.
            Un caso difícil, particularmente difícil, porque las víctimas no tenían nada en común y el asesino –si es que había un único asesino, como era la hipótesis de Holmes– cambiaba en cada ocasión la manera del suicidio.
            A la hora de contar aquella sorprendente historia, me daba la impresión de que Holmes imitaba a Watson. No se centraba en los aspectos técnicos de su metodología, sino en los detalles más sensacionalista: alguien había arrancado un dedo a la mujer antes de arrojarla al agua (solo los muy lerdos, y el comisario Lerstrand de Ginebra lo era bastante, podían pensar en una automutilación); el exrector del seminario católico que se colgó de la Tour du Molard estaba bárbaramente castrado bajo la sotana.
            Para entonces ya nadie pensaba en suicidios. Sherlock Holmes, que oficialmente estaba muerto, no podía intervenir directamente. Le bastaron dos o tres cartas al director del diario ginebrino para encaminar adecuadamente las pesquisas policiales.
            Si quería saber yo quién era el asesino, y si finalmente fue detenido, tendría que recurrir a las páginas del periódico: al manuscrito le faltaban las últimas páginas.
            “Nunca lo encontraron”, me dijo Losada, que así se llamaba el argentino, guardando las fotocopias en la cartera. Pero el título ya proporcionaba una pista: “El caso de los suicidios justicieros”.
            Braulio Losada, de origen español, era gran admirador de Borges. Conocía a Alifano, que había sido secretario del escritor, y a Vaccaro, propietario de buena parte de su archivo; con los dos había estado yo recientemente en Oviedo con motivo de la presentación de un libro de Alejandro Guillermo Roemmers. A Roemmers pensaba Losada ofrecerle el manuscrito.


DE AYER A HOY

Lo que ocurrió a continuación en Ginebra tuvo para mí mucho de pesadilla, aunque pasara inadvertido en el estruendo de las noticias del mundo. Una mujer apareció ahogada en el Arve. Lo primero que me vino a la memoria fue el poema de Valente: “Salud, hermana. / En la noticia anónima / no te acompañan deudos / ni cercanos amigos. / Solo un rastro / de soledad arrastran sin tu cuerpo / los dolorosos ríos”.
            Luego hubo otras muertes, hasta tres. Todas parecían suicidios. Todas repetían, punto por punto, el mismo método que yo había leído en las páginas inéditas de Sherlock Holmes.
            Pensé que debía encontrar a Braulio Losada y hablarle de ello, pero no tenía su teléfono ni conocía su dirección. Quizá guardaran datos de él en la Fundación Bodmer, donde había querido vender su manuscrito.
            Poco después del atentado de Barcelona, ocurrió un cuarto suicidio, pero este no repetía ninguno de los de la historia de Holmes: se trataba del imán de una mezquita, que había estado recientemente en Cataluña, y que era conocido por sus ideas radicales.
            Intuí entonces cuál era el final perdido de “El caso de los suicidios justicieros”, la historia desconocida de Sherlock Holmes.
            “The Adventure of Abbey Grange” cuenta un caso de maltrato doméstico. El muerto es el marido violento; el homicida, un defensor de la mujer. Holmes lo deja escapar.
            Todos los presuntos suicidas merecían morir. El piadoso Holmes de Carouge se tomaba la justicia por su mano, eliminando a mala gente y jugando a despistar a la policía. Afortunadamente, pronto se puso en contacto con National Geographic y se dedicó a otro tipo de aventuras. En caso contrario, habría dejado el mundo muy despoblado.
            Me asusté al encontrar a Braulio Losada –a quien, sin embargo, había estado buscando– en el andén de la estación, cuando yo me dirigía a Lausanne. Me vio, se acercó a mí. Yo me alejé instintivamente del borde del andén. “Por su cara, veo que ya ha resuelto el misterio, pero las buenas personas, porque usted lo es, ¿o no?, nada deben temer”.
            Al día siguiente, se suicidó un banquero. La noticia ocupó apenas unas líneas en el periódico. Yo la leí ya en el aeropuerto, de regreso a Asturias. Ni allí ni aquí informé de mis sospechas a la policía. Dejé que el asesino en serie siguiera haciendo de las suyas, eliminando astutamente y por las bravas la basura del mundo.
            Lo cuento, por si todavía sirve de algo, para aliviar mi conciencia. Pero todos pensarán que es solo un cuento.


domingo, 20 de agosto de 2017

Serpientes de verano: Amor en vilo


Siempre que pasaba por delante del palacio Soranzo Cappello, lo encontraba cerrado, a pesar de ser actualmente una institución oficial. Por eso aquella tarde me sorprendió ver abierta la puerta del jardín. Se celebraba en él uno de los “eventos colaterales” de la Biennal.         
            Nada más entrar me di cuenta de que no podía ser, como se decía, el escenario de Los papeles de Aspern, la novela veneciana de Henry James. Era un jardín con estatuas mitológicas y de emperadores y con un neoclásico templete al fondo. A la derecha, un gran espacio (grande para lo habitual en Venecia) estaba destinado a huerta. ¿Qué tenía que ver con el raquítico jardín que se describe en la novela?
            Visto desde fuera, el palacio sí podía corresponder con el que habitaban las señoritas Bordereau. Henry James nos cuenta que “daba a un canal limpio, melancólico y bastante solitario, flanqueado a un lado y a otro por una estrecha riva o acera”.
            El palacio Soranzo Cappello se encuentra a dos pasos de la bulliciosa estación, pero aún así sigue siendo solitario. Quizá James solo lo vio solo desde fuera y se imaginó un jardín acorde con su aspecto exterior, “no tanto de decadencia, como de un manso desaliento, casi de fracaso, una de esas casonas venecianas que hasta en el más absoluto abandono conservan su arrogancia”.
            Ahora el palacio, cuidado y funcionarial, no tenía ningún encanto, pero el jardín era una secreta maravilla. Tras dar una vuelta para contemplar las esculturas expuestas, que me interesaron poco, me entretuve en imaginar a la solterona Bordereau asomada a uno de los ventanales mientras el admirador que quiere hacerse con los papeles de Aspern finge que trabaja en el jardín.
            Se escuchaba el rumor de una fuente, susurro de abejas, la brisa que agitaba las hojas, en aquel soleado y fresco día de junio. Cerré un momento los ojos, gozando del momento, feliz de estar allí, a medio camino entre la realidad y la literatura, y los abrí de golpe, asustado. Un desconocido me miraba sonriente.


ENC UENTRO EN EL JARDÍN

            ––Qué sorpresa encontrarle en este lugar. Aunque, bien mirado, tampoco tanta. He leído sus diarios. Soy amigo de Julián Rodríguez. Estuve en Plasencia en la presentación de El arte de quedarse solo.
            Esperaba que, tras el saludo, siguiera su camino, pero parece que tenía ganas de hablar. No tardó en despertar mi interés.
            ––¿Sabe que yo también he vivido una historia semejante a la de la novela de Henry James? No estoy orgulloso de ello y no suelo contarla, pero ahora me apetece hacerlo. Debe ser la magia del sitio, aunque eso de que la novela transcurre aquí no pasa de un invento para turistas. Conozco al menos otra media docena de palacios, hoy  hoteles, a finales del XIX casi en completo abandono, que podían haberse servido a James para situar su historia. Que se basa en un hecho real, como sabe. Poco antes de escribirla, se enteró de que un crítico bostoniano, adorador de Byron y de Shelley, descubrió que en Florencia vivía con su sobrina una anciana que había sido amante de Byron y que guardaban manuscritos de ambos poetas. No querían mostrarlos. El crítico, disimulando sus intenciones, se alojó en casa de las dos señoritas y poco a poco se fue haciendo su amigo, incluso llegó a cortejar, o a fingir que cortejaba, a la menor (mucho mayor que él en todo caso). Cuando murió la anciana, la sobrina le ofreció todos los papeles a cambio de que se casara con ella.
            Yo no recibí una proposición semejante, pero casi, y fui tan canalla como el protagonista de la novela, capaz de cualquier cosa por hacerse con los manuscritos del poeta admirado.
            No es que yo admirara demasiado a Alberti, la verdad. Tengo menos disculpa. En aquellos días, a mediados de los noventa, vivía en Roma, se me había acabado la beca, mis padres no me mandaban dinero y las revistas en que publicaba de vez en cuando algún poema o reseña tenían la mala costumbre de no pagar a los colaboradores. Me enteré de que Javier Rodríguez Marcos, el hermano de Julián, estaba becado en la Academia de España. Le llamé y me invitó a comer para enseñármela y para que pudiera contemplar de cerca el tempieto de Bramante. Comimos en la mesa comunal, con otros becarios (recuerdo a Anatxu Zabalbeascoa, que ahora escribe de arquitectura en El País) y luego, o quizá fue antes, no recuerdo bien, me llevó a dar una vuelta por el barrio. En el mercado de San Cosimato, me señaló a una señora vestida algo estrafalariamente y me dijo: “Es Beatriz Amposta”. Ese nombre no me decía nada, pero él me explicó que había sido amante de Alberti y que el poeta había escrito para ella todo un libro, Amor en vilo, del que guardaba la única copia.
            Yo no era un gran admirador de Alberti, ya le dije, pero tenía noticia de alguien que sí lo era, Luis María Anson, a quien por entonces habían echado del ABC y había fundado otro periódico al que se había llevado el suplemento cultural. Me puse en contacto con Blanca Berasátegui, que me ofreció una fortuna, o eso me pareció a mí, por conseguirles, si no el libro completo, al menos media docena de inéditos.
            Beatriz Amposta pasaba por el mercado casi todos los días a la misma hora. Un día tropezó y se le cayó parte de la compra. Una manzana llegó rodando hasta mis pies. La recogí y ese fue el principio de lo que pudo ser algo más que una gran amistad.
            Me ofrecí a llevarle la bolsa hasta casa. Quise despedirme en el portal de Via Garibaldi, pero ella vivía en el segundo piano, no había ascensor, o se había estropeado, y me pidió que la ayudara a subir las escaleras. Luego me preguntó si quería pasar un momento y yo me excusé. Era ir demasiado lejos el primer día.
            Me habían dicho que vivía sola rodeada de gatos, que no quería ver a nadie, que no se hablaba con ningún vecino, hartos de los malos olores y de que no pagara los gastos de la comunidad. A mí creo que me cogió cariño desde el primer momento. Fue ella quien me saludó la siguiente vez que me vio en el mercado. Volví a acompañarla a casa y en esa ocasión sí acepté su invitación a entrar.
            El piso era una leonera, todo revuelto, con muebles desportillados, papeles y ropa por el suelo. Olía a orín de gato, vi varios por allí.
            “Todo lo que tenía algún valor –comenzó a contarme–, todo lo que era de Rafael, ya se lo han llevado. Ahora quieren echarme a mí, pero no lo van a conseguir. Rafael me cedió este piso, tengo documentos. Cuando yo me muera, que se queden con él, pero mientras tanto…”


LA HISTORIA DE BEATRIZ

Me pareció que lloraba y le cogí una mano para consolarla. Ella se acercó un poco más a mí; me aparté instintivamente. Notó el rechazo.
            “Soy una vieja que da asco, ¿no cree? Pero no siempre fue así. En 1972, cuando conocí al poeta, tenía veinte años y era una preciosidad. Pero no fue eso lo que le atrajo. Yo era bióloga, trabajaba en un laboratorio de la Universidad, pero me interesaban también otras cosas. Mi padre era un estudioso del arte, amigo de Dalí, de Tàpies, de poetas como José Agustín Goytisolo. Yo desde niña había crecido en ese medio. Al principio me tomó un poco como su secretaria o acompañante. Íbamos juntos a las exposiciones. Su mujer, María Teresa León, ya estaba enferma, se quedaba en casa. En 1975 me dijo que en Santa Maria in Trastevere se alquilaba un apartamento bastante barato. Que me fuera a vivir allí para vernos con más frecuencia. La relación sentimental había empezado un poco antes. Me llevó a conocer su taller, al que no llevaba a nadie. Lo había alquilado para trabajar tranquilo (los españoles vienen a mi casa como van a Lourdes, me dijo una vez). Fueron años muy felices. Murió Franco, volvió a España. Yo era quien le acompañaba en aquellos días trepidantes de un mitin a otro, de un homenaje a otro. Lo que comenzó en Roma, terminó en Nueva York. Las últimas fotos de los dos felices y juntos se tomaron allí. ¿Quiere que se las enseñe? Aquí estamos en Washington Square, frente al arco; aquí comprando la prensa, el ABC con su suplemento, que entonces dedicaba muchas páginas al poeta comunista, quizá para compensar sus portadas. No era una relación clandestina, como se ha dicho, íbamos a casarnos. Para mis padres, más jóvenes que él, un hijo más. En ellos encontró el cariño que no había encontrado en los suyos. Rafael nunca dejó de ser un adolescente, siempre necesitó alguien que le llevara de la mano, cualquiera podía engañarlo. En aquel viaje a Nueva York, agradecido a los amigos que nos habían atendido en todo momento, quiso compensarles con una comida en el mejor restaurante. Comimos espléndidamente, contó muchas anécdotas, estuvo encantador, pero al final, a la hora de pagar, resulta que quiso hacerlo, no con un cheque, según costumbre entonces, sino dibujando unas palomas en una servilleta, como le había visto hacer a Picasso. El encargado alucinaba. Pagamos a escote, entre todos, invitándole a él. Ese era Rafael, el tonto de Rafael se llamó en un poema. Seguimos siendo amigos, cuando dejamos de ser amantes. No fue hombre de muchas mujeres, como se ha dicho. Maruja Mallo, María Teresa y yo, eso era todo. Cuando lo dejó conmigo, prefirió la camaradería adolescente. Ya sabe: Luisito, como él decía, Benjamín y otros poetillas. Fueron años locos, de estudiante tarambana. Iba de un lado para otro, de fiesta en fiesta, sin pensar en nada, el dinero que entraba por una mano desaparecía por la otra. Cambió con el accidente de coche. Se sintió vulnerable, le vino encima de pronto toda la vejez, ya no le bastaban los camaradas. Antes de casarse, me llamó por última vez: “Me han prohibido que hable contigo”. Desde que nos conocimos, incluso cuando todavía éramos amigos, me escribía poemas, un secreto entre nosotros. A veces me los traía escondidos en el zapato, para que no los descubriera María Teresa, desmemoriada y celosa. Mucha gente daría cualquier cosa por robarme ese libro. Incluso pagaron a alguien para que lo hiciera. Yo no los he mostrado nunca, pero te los voy a enseñar a ti. Eres un joven puro, sin malicia alguna”.
            Alberti escribía los poemas a mano, ella los pasaba a máquina. En una caja de zapatos guardaba los manuscritos; los folios mecanografiados abultaban mucho, eran más de cien. Amor en vilo debe de ser uno de los libros más extensos del poeta.
            Entonces no había teléfonos móviles que pudieran hacer fotos, o yo no tenía. Llevaba una pequeña cámara, como los espías en las películas. Cuando ella me dejó solo un momento, aproveché para fotografiar unas cuantas páginas, las suficientes para contentar a Anson.


FINAL EN EL PONTE SISTO

Me despidió con un beso, demasiado efusivo, y yo sentí asco, sobre todo de mí mismo. Me sentí un canalla, y sin duda lo era. Pero cruzando el Ponte Sisto, camino de la habitación alquilada en que vivía, abrí la cámara y dejé que se velara el carrete. Necesitaba mucho ese dinero, pero más necesitaba poder mirarme cada mañana al espejo sin sentir vergüenza.




domingo, 13 de agosto de 2017

Serpientes de verano: Luis Cernuda y el fantasma de Canterville


En el verano de 2002, unos cuantos amigos viajamos a Buenos Aires. Cada uno llevaba su plan de trabajo (yo, revisar los archivos de La Nación en busca del artículo de Rubén Darío en que habla de Sherlock Holmes y el robo de las joyas carlistas), pero la verdadera razón era pasar unos días juntos en una ciudad que parecía haber comenzado a salir de sus años peores.
            El cambio nos era muy favorable y pudimos alojarnos en un excelente hotel al comienzo de la Avenida de Mayo. Desde la terraza, teníamos la entera ciudad a nuestros pies: a un lado, las torres y las cúpulas; al otro, las aguas turbias del Río de la Plata.
            Nos dedicábamos más a callejear, citar a Borges, frecuentar librerías y locales con música en vivo que al trabajo que nos había llevado allí. Lo pasábamos bien juntos, a pesar de que algunas vez nos enredábamos en esas discusiones a las que soy adicto.
            Un día, Xuan Bello dijo: “Esta tarde voy a visitar a mi tío Vitorio. ¿Alguien quiere acompañarme?”
            Ni Silvia Ugidos ni Martín López-Vega estaban por la labor, pero yo me apunté de inmediato, aunque, como todo el mundo, nada deteste más que las visitas familiares. El tío argentino de Xuan era todo un personaje: había sido compañero de Cernuda en Cambridge. Yo siempre dudé de su existencia, como de la de tantos otros protagonistas de las líricas fantasmagorías de mi amigo. Al principio, oyéndole hablar de su tío fabuloso, creí entender que se trataba de un amante del poeta (el que aparece en los poemas de Vivir sin estar viviendo), pero él me explicó que no, que solo habían sido colegas en el Emmanuel College.



EL TÍO DE XUAN

El tío Vitorio, –Manuel Victorio Fernández Valiela– existía de verdad. A punto de cumplir noventa y dos años, se conservaba erguido y con la mente clara. Nos invitó a tomar un café o un mate y luego a dar un paseo por la Recoleta para mostrarnos algunos de sus árboles favoritos.
            A Cambridge había ido, becado por el gobierno argentino, a estudiar fitología y era uno de los mayores expertos mundiales en la materia. Hablaba de los árboles con el mismo entusiasmo que otros de sus hijos o de su mujer.
            Un añoso roble le recordó a otro que crecía frente a su casa de la infancia, en Paniceiros, y Xuan y él se dedicaron a evocaciones familiares de las que yo, como era de esperar, me sentía ausente.
            Cada vez más aburrido, no sabía cómo llevar la conversación hacia su amistad con Cernuda. Me daba la impresión de que se trataba de un producto de la imaginación, tan cunqueriana, de Xuan y que no quería que lo descubriera.
            Adivinó lo que pensaba, o se apiadó de mi aburrimiento, e interrumpió amablemente la explicación sobre el envejecimiento de los árboles: “Perdona, tío, pero mi amigo García Martín no se cree que fuiste amigo de Luis Cernuda. ¿Podrías hablarnos un poco del poeta antes de que marchemos? Creo que ya te hemos fatigado bastante”.
            El tio Vitorio sonrió y no tuvo inconveniente en cambiar de asunto: “Era un tipo raro, y bastante arisco. Salvo a mí, yo creo que a nadie más le caía bien. Yo le gustaba porque era joven y le hablaba de árboles y no de poesía, ni siquiera de la suya, que entonces no había leído. Los dos vivíamos un poco al margen, o muy al margen, del medio académico. Nos alojábamos en el Emmanuel College y nos concedieron el privilegio de cenar en la High Table, corriendo nosotros con los gastos. La comida no era precisamente buena (estábamos en 1943), pero el escenario merecía la pena. Una sala larga y oscura, conventual, con borrosos vitrales de escenas bíblicas. En la mesa principal, a un extremo, se sentaban los profesores; en otras tres, perpendiculares a ella, los estudiantes. No había sillas, sino incómodos bancos. La primera vez que entramos, nos sorprendió ver, presidiendo, un gran retrato al óleo de Felipe II. Pero no era Felipe II, claro, sino un prócer inglés cuyo nombre ahora no recuerdo. Cernuda, lector de español y no profesor, se sentaba conmigo, becario, y con los otros estudiantes; le estaba vedada la mesa principal”.
            “Seguiste en contacto con él cuando os separasteis en el 45. ¿No es cierto, tío? ¿Conservas sus cartas?”
            “Por algún sitio andarán. También alguna fotografía. Incluso me envió el original de un libro suyo para que yo intentara publicarlo en Argentina. Lo aceptaron en Losada, pero luego lo rechazaron. El poeta se llevó un disgusto. Apareció más tarde en otra editorial, gracias a Ricardo Molinari, también buen amigo”.
            Habíamos vuelto a su apartamento. Se le notaba fatigado. “No dejes de volver a pasar por aquí antes de regresar a España, Xuan. A ver si para entonces te he encontrado las cartas. Casi todas se referían a lo mal que se encontraba en Inglaterra y al libro que quería publicar. Pero había una que te gustaría leer. Era larga, hablaba de un castillo y un fantasma. Me extrañó su tono confesional, impropio de él, al menos en su trato conmigo. Le escribí preguntándole si era un capítulo más que añadir al libro de cuentos que le rechazaron en Losada. No me contestó o no me llegó su contestación. Eras unos cuantos folios mecanografiados. Creo que se los quedó Molinari”.


XURDE, EL LIBRERO DE LA NOCEDA

El pasado jueves, como todos los jueves, pasó por mi casa Xurde, el librero de La Noceda, a llevarse unas bolsas de libros para dejar sitio a los nuevos que entran cada día. Siempre procura compensarme con alguna rareza que encuentra en su almacén. Esta vez fueron unos fatigados volúmenes de Joaquín Gómez Bas, el escritor (también pintor) que nació en Cangas de Onís, y que acabó siendo miembro destacado de la Academia Porteña del Lunfardo.
            Dentro de las páginas de Barrio gris, había varias holandesas mecanografiadas. En una de ellas, reconocí versos de un poema de Molinari; en otras, creí encontrar la carta de Luis Cernuda de la que nos había hablado hace quince años el tío de Xuan Bello en Buenos Aires.

LA CARTA PERDIDA
  
Tardé en dormirme y, al poco de hacerlo, me despertó el estruendo de una ventana que golpeaba contra el muro. Al principio, no supe qué hacía allí y no en mi pequeña habitación alquilada, frente a la arboleda de Hyde Park.
            No soy hombre al que le guste aceptar invitaciones, como bien sabe usted, aunque desde que dejé mi piso en la calle Viriato de Madrid haya tenido que vivir a menudo en casa ajena. Pero esta era una invitación especial.
            Con John Overy, paseaba a menudo, después de las clases. Era un jovencito frágil, silencioso, Yo tampoco soy muy locuaz, así que más que charlar, callábamos juntos. Me hizo alguna confidencia: no se llevaba bien con su padre, tenía un gran cariño por una hermana algo mayor, Virginia, que alguna vez nos acompañaba, cuando venía a visitarle, y que le hacía las veces de madre. Fue ella quien me invitó a pasar un fin de semana en su castillo apartado del mundo, rodeado de jardines y bosques y en el que se decía que había situado Oscar Wilde su relato “El fantasma de Canterville”. John me miró un momento a los ojos, luego bajó los suyos, y ruborizándose, dijo: “Acepte, por favor”. Acepté sin pensarlo. Me había divertido mucho, y también emocionado, con la historia de Wilde, con ese fantasma patoso al que asustan los rudos nuevos dueños del castillo y que al final se redime por amor.
            Acepté y ahora me arrepiento. Tras esperar largo rato, me levanté y fui a cerrar la ventana, que seguía golpeando. El castillo era tan inmenso que los demás no debían oírla. Salí al pasillo, muy débilmente iluminado, salvo cuando lo hacía algún rayo (era noche de tormenta, como en cualquier relato de terror).
            Caminé hasta la biblioteca, con pesadas estanterías que ocultaban los gruesos volúmenes tras de vidrios emplomados, pero allí todas las ventanas estaban cerradas. A la luz de un relámpago, creí entrever una gran mancha de sangre sobre el pavimento, como en el relato de Wilde. Me asusté. Volví a mirar. Ya no estaba. Todo había sido una ilusión óptica.
            Pero mi alivio duró poco.  Sentado en una esquina, envuelto en hopalandas de otro siglo y con un gesto serio que me resultaba vagamente familiar, un hombre me miraba. Pensé en una broma; ni siquiera me atrevía a pensar que fuera una aparición.
            Entonces oí su voz. “No malgastes tu vida en sueños”, dijo. Abrí los ojos. No estaba en la biblioteca, sino en el lecho que me habían asignado, bajo el amplio dosel, y la noche era apacible, no se oía el estruendo de ninguna ventana ni de ninguna tormenta. Frente a mí, había un hombrecillo menudo, ya de cierta edad, que no daba miedo ninguno. Vestía con cierta elegancia, como a mí me gusta vestir, y llevaba una pipa en la mano.
            “¿Por qué me despiertas? ¿Te inspira envidia el sueño humano?”
            “¿No me reconoces? ¿No te reconoces en mí? El hombre no solo forja a imagen propia su Dios, también su demonio”.
            Y como demonio que era me tomó de la mano y me llevó, atravesando paredes, hasta el dormitorio de Virginia. Ella, al verme entrar, alargó los brazos y se abrazó a mí con fuerza. Los dos estábamos desnudos. Yo quise separarme. “No lo conseguirás”, me dijo el hombrecillo de cabello blanco que nos contemplaba con gesto mefistofélico. “Ella está soñando contigo. Es una joven virtuosa, pero está enamorada de ti y no manda en sus sueños. Cásate con ella. La harás feliz y harás feliz también a su hermano John: sois las dos personas que más quiere”.
            Volví a despertar, sudoroso, en mi cama con dosel. Recordé entonces unos versos que había escrito poco tiempo antes: “Siento esta noche nostalgia de otras vidas. / Quisiera ser el hombre común de alma letárgica / que extrae de la moneda beneficio, / deja semilla en la mujer legítima / y confía en Dios, pues frecuentó su templo”.
            A la mañana siguiente, en el desayuno, todos teníamos mala cara: Virginia, yo, el  joven John, y también Lord Overy, el padre de ambos, amargado y viudo y de pocas palabras. Seguro que ninguno habíamos dormido aquella noche. Yo me inventé un compromiso ineludible y dije que tenía que partir ese mismo día. Virginia y John lo lamentaron, su padre fingió lamentarlo. Noté que Virginia se ruborizaba un poco al mirarme; a mí me pasaba lo mismo, no podía dejar de recordarla desnuda estrechándome entre sus brazos.
            Les dije adiós desde la ventanilla del tren, en Ascot, la estación más cercana, a siete millas del castillo, y al sentarme comprobé que en el departamento, hasta entonces vacío, había otro viajero. Le reconocí de inmediato. “No puede escapar el hombre a su destino”, dijo tras darle una larga calada a su pipa.
            La Navidad de 1946, ojalá fuera la última en este país o en esta vida, la pasé solo, como siempre hago, inventándome compromisos para escapar a las invitaciones de los pocos amigos que aún soporto.
            ¿La pasé solo? Eso hubiera querido. La pasé con quien más detesto: yo mismo.